GRUPO NUESTRO
 

Claudio Simiz

Los Grupos del Interior / Menú del día: "Tarja" y "Calibar"

 

Es un lugar común, “clásico” concebir al arte como una actividad individual, asumida por personas con características especiales en cuanto a sensibilidad, inteligencia, etc. Sin soslayar estos aspectos de la creación artística, este espacio se propone problematizar la cuestión, atendiendo, fundamentalmente, a los aspectos sociales del arte, o, dicho en términos más actuales, al arte como práctica social.
Particularmente nos centraremos en el origen, desarrollo y proyecciones de los grupos literario-culturales de nuestro “interior”. Si mencionamos “Florida”, “Boedo”, “Sur”, seguramente el lector (sobre todo el porteño) sentirá la tranquilizadora sensación de transitar un paisaje más o menos familiar. Tal vez “La Carpa”, “La Brasa”, “Nuevo Cancionero”, le suenen a algo “oído”, más lejano… y si mencionamos a “Koirón”, “Laurel”, “Las Malas Lenguas”, seguramente pensará en algún grupo folklórico o cosa semejante.
Así está armado el “mapa cultural” de nuestro país, y desde este espacio nos proponemos aportar a su reformulación, es decir, a enriquecerlo y dotarlo de nuevos y más integradores sentidos.

Pero ¿Por qué centrarnos en los grupos del interior?

-Porque son un instrumento para que los autores se relacionen con su propio medio y aún con espacios más amplios (regionales o nacionales); en muchos casos son el único canal de estos autores para darse a conocer y son el ámbito de experiencias comunes en su período de formación.

-Porque en la mayoría de los casos su actividad contribuye a crear un campo de recepción en su comunidad, a través de recitales, espectáculos, revistas y proyectos editoriales, enriqueciendo su vida cultural, construyendo, muchas veces, el “campo intelectual”.

-Porque son un campo privilegiado para estudiar la circulación y adaptación de ciertas tendencias - ideas generales en los distintos ámbitos geoculturales.
“Trasculturación, “canon”, “sistema/subsistema literario” y conceptos asociados se ven problematizados con la incorporación de estas formaciones locales.

-Porque pueden revelar a partir del análisis de sus “estructuras de sentir”, “horizontes de expectativas” (o la aplicación de otros sistemas conceptuales), los distintos entramados ideológico-representativos de cada período. Y esto llevaría a reformulaciones de “mapas” regionales, nacionales y hasta subcontinentales.

-Porque revelan insospechadas vinculaciones entre regiones y sectores de nuestra cultura, como así también experiencias de integración de distintos lenguajes artísticos en proyectos comunes y porque en cualquier intento de replantear una literatura regional, nacional o continental la consideración de estos grupos es tan importante como la de los porteños.

-Porque reposicionan a la poesía (la escritura convocante, en la mayoría de los casos), no ya desde lo genérico sino como práctica social, frente a la hegemonía canónica de la narrativa en nuestro medio.
Y nuestro viaje comienza por el NOA, región particularmente rica por diversidad, intensidad y proyección histórica. Nos remontamos a los ´50 del siglo pasado…

“Tarja”, la revancha del Exodo Jujeño (1955)

“Tarja” fue un proyecto cultural que se desarrolló en la provincia de Jujuy entre 1955 y 1960. Sus actividades pueden enmarcarse en cierta apertura experimentada por campo intelectual argentino a partir de la caída del peronismo (1955), en la intensa corriente neohumanística que caracterizó a las letras y las artes en los años de la segunda posguerra, en el marcado perfil social de los más importantes grupos literarios que se proclaman “la voz del NOA” (p. ej. “La Carpa”, 1944) y en un creciente desarrollo de la “mirada latinoamericana”, vinculada a procesos socio- político-culturales del subcontinente.
“Tarja” tuvo como eje una publicación periódica en forma de revista de aparición inicialmente bimestral, que hasta su desaparición “por muerte natural”, según palabras de uno de sus fundadores, Jorge Calvetti, mantuvo una llamativa regularidad de aparición durante sus seis años de vida, concretada en dieciséis números de formato y extensión uniformes.
Según testimonian sus fundadores, la creación del proyecto cuajó rápidamente no sólo por la suma de voluntades, sino por la existencia de una necesidad de esa sociedad anhelante de darse a conocer y reconocerse en el plano sociocultural. Años antes de la creación (1955), Calvetti, en su ir y venir entre Jujuy y Buenos Aires, con importantes “altos” en el centro regional dominante (Tucumán), había gestado con el escritor polaco W. Gombrowicz la idea de una publicación de objetivos y características similares a “Tarja”. Fuertes apoyos recoge el proyecto entre artistas (fundamentalmente, plásticos y escritores de la izquierda, como L. Spilimbergo, R.González Tuñón, M. De Lellis, entre otros), desde Buenos Aires y Tucumán. Calvetti, “portador de la llama prometeica”, se encuentra con N. Groppa en Tilcara (terruño de otro de los directores, el plástico M. Pantoja). En San Salvador Contactan a Fidalgo y Busignani (también tilcareño). De todos modos, el centro de actividades, será la ciudad capital. Las actividades (Grupo de títeres “El Quitupi”, organización de conferencias, recitales, exposiciones, puesta en marcha de una librería no comercial y surgimiento de un sello editorial ) se va dando a medida que el proyecto, centrado en la revista, crece tanto en el número de colaboradores como en el público y adherentes. Este despliegue responde a más de una variable, en primer lugar la necesidad de construir un espacio de expresión de la cultura local, a la vez que poner a dialogar a la misma con la dimensión nacional, continental y mundial. Por otro lado, estas acciones cobrarán sentido en la medida que la misma sociedad jujeña (o buena parte de ella) se haga partícipe y haga suya la propuesta. En este sentido, es de alto interés el análisis de los modos de integración de los colaboradores (p. ej., el celebrado Héctor Tizón) y la “política” de colaboraciones.
En lo que hace al proceso de desarrollo y reformulaciones del proyecto, los testimonios de los fundadores que recogí (entrevistas a Groppa, Calvetti y Fidalgo), no son del todo coincidentes, sobre todo en lo que hace a la importancia atribuida, a la distancia, a “Tarja”, a sus consecuencias en el campo jujeño y también en torno de su relación con la política nacional de la época, particularmente respecto del Peronismo. De todas maneras, hay acuerdo en cuanto a la solidez del inicio, dada por la comunidad de objetivos, lo cual permitió ajustes y revisiones no traumáticas.
En lo que hace a los manifiestos, sobreabundan en la publicación, y de hecho, dos de sus columnas centrales y permanentes, lo son: El individual “Plática” y el colectivo “Tarja”. Destacamos dos fragmentos de los más significativos:
“Testigos de nuestro paisaje terrestre y celeste, testigos del tránsito del Hombre por esos paisajes, conocedores de sus pobrezas y de sus riquezas, tenemos el deber de expresarlos (…) Nos declaramos solidarios con todo aquél que, aún con recursos primarios o conocimientos escasos apunta a lo sustancial en arte y construye con el barro que pisa a diario una ingenua paloma portadora de su cálido amor por todos” (Primer manifiesto, “Tarja”, en Tarja, nº 1).
“En el terreno de las cultura, es tal vez donde mejor ejemplo recibimos de la importancia que tiene el aporte recíproco, el intercambio de hombres y obras sin exclusiones que signifiquen desprecio por lo extranjero”
(N. Groppa, “Plática”, en Tarja nº 2)
Sin dudas, a más de medio siglo de su fundación, “Tarja” es reconocida como la experiencia más representativa e influyente de su provincia.

“Calíbar”, el rastreador de la cultura local (La Rioja, 1953)

“Una empresa de cultura que bajo la advocación del rastreador de Facundo, sale a la búsqueda de los talentos de la tierra norteña” según sus fundadores (los hermanos Lanzillotto, José Paredes, Pedro Herrera, Ramón López, María Argüello y el más reconocido a nivel nacional, Ariel Ferraro). Una iniciativa que desde un inicial y único periódico, se constituyó en el movimiento que más radicalmente modificó el perfil de la vida cultural de una provincia (se abrió a todas las expresiones artísticas).
Frente a una chata o ausente política cultural, la experiencia acogió a jóvenes artistas (en este sentido puede considerársela una experiencia generacional). El distintivo de la pajarita blanca, emblema del grupo, presidió tertulias literarias, conferencias, cursos desde 1953, durante diez años que modificaron la vida cultural de la Rioja, más allá de los avatares de la política provincial y nacional, particularmente adversa en los períodos dictatoriales. Al paso de los años, esta tarea cuajó en importantes niveles de institucionalización: p. ej. El Profesorado de Artes Plásticas y la Escuela de Diseño. “El País” de Madrid, “La Razón” de Buenos Aires, dieron acogida a la experiencia en sus suplementos culturales.
Otro aspecto a considerar es la persistencia de sus integrantes en una actitud militante, en el campo de la cultura y excediendo éste: a las persecuciones de la dictadura de Onganía se sumaron destierros, detenciones y muertes durante el Proceso. La lucha era contra lo engolado, lo retórico, expresión de un arte concebido como fugaz pasatiempo o expresión reservada para unos pocos.
Tareas editoriales, el teatro de títeres “el Mikilo”, programación de actividades culturales de todo tipo marcan, con algunas diferencias, un modo de operar compartido con “Tarja”. Fundamentalmente esta comparación permite verificar algunas tesis vinculadas a la relación entre estos grupos y las dinámicas del campo local y su articulación con las tensiones nacionales, continentales y mundiales. También hipotetizar sobre “otros” sentidos de la literatura en tanto práctica social (fundamentalmente, protagonizada por grupos) en las regiones “periféricas” del país.

Hasta la próxima
Claudio Simiz