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Es un lugar común, “clásico” concebir al arte
como una actividad individual, asumida por personas con
características especiales en cuanto a sensibilidad, inteligencia,
etc. Sin soslayar estos aspectos de la creación artística, este
espacio se propone problematizar la cuestión, atendiendo,
fundamentalmente, a los aspectos sociales del arte, o, dicho en
términos más actuales, al arte como práctica social.
Particularmente nos centraremos en el origen, desarrollo y
proyecciones de los grupos literario-culturales de nuestro
“interior”. Si mencionamos “Florida”, “Boedo”, “Sur”, seguramente el
lector (sobre todo el porteño) sentirá la tranquilizadora sensación
de transitar un paisaje más o menos familiar. Tal vez “La Carpa”,
“La Brasa”, “Nuevo Cancionero”, le suenen a algo “oído”, más lejano…
y si mencionamos a “Koirón”, “Laurel”, “Las Malas Lenguas”,
seguramente pensará en algún grupo folklórico o cosa semejante.
Así está armado el “mapa cultural” de nuestro país, y desde este
espacio nos proponemos aportar a su reformulación, es decir, a
enriquecerlo y dotarlo de nuevos y más integradores sentidos.
Pero ¿Por qué centrarnos en los grupos del
interior?
-Porque son un instrumento para que los autores
se relacionen con su propio medio y aún con espacios más amplios
(regionales o nacionales); en muchos casos son el único canal de
estos autores para darse a conocer y son el ámbito de experiencias
comunes en su período de formación.
-Porque en la mayoría de los casos su actividad
contribuye a crear un campo de recepción en su comunidad, a través
de recitales, espectáculos, revistas y proyectos editoriales,
enriqueciendo su vida cultural, construyendo, muchas veces, el
“campo intelectual”.
-Porque son un campo privilegiado para estudiar
la circulación y adaptación de ciertas tendencias - ideas generales
en los distintos ámbitos geoculturales.
“Trasculturación, “canon”, “sistema/subsistema literario” y
conceptos asociados se ven problematizados con la incorporación de
estas formaciones locales.
-Porque pueden revelar a partir del análisis de
sus “estructuras de sentir”, “horizontes de expectativas” (o la
aplicación de otros sistemas conceptuales), los distintos entramados
ideológico-representativos de cada período. Y esto llevaría a
reformulaciones de “mapas” regionales, nacionales y hasta
subcontinentales.
-Porque revelan insospechadas vinculaciones entre
regiones y sectores de nuestra cultura, como así también
experiencias de integración de distintos lenguajes artísticos en
proyectos comunes y porque en cualquier intento de replantear una
literatura regional, nacional o continental la consideración de
estos grupos es tan importante como la de los porteños.
-Porque reposicionan a la poesía (la escritura
convocante, en la mayoría de los casos), no ya desde lo genérico
sino como práctica social, frente a la hegemonía canónica de la
narrativa en nuestro medio.
Y nuestro viaje comienza por el NOA, región particularmente
rica por diversidad, intensidad y proyección histórica. Nos
remontamos a los ´50 del siglo pasado…
“Tarja”, la revancha del Exodo Jujeño (1955)
“Tarja” fue un proyecto cultural que se desarrolló en la provincia
de Jujuy entre 1955 y 1960. Sus actividades pueden enmarcarse en
cierta apertura experimentada por campo intelectual argentino a
partir de la caída del peronismo (1955), en la intensa corriente
neohumanística que caracterizó a las letras y las artes en los años
de la segunda posguerra, en el marcado perfil social de los más
importantes grupos literarios que se proclaman “la voz del NOA” (p.
ej. “La Carpa”, 1944) y en un creciente desarrollo de la “mirada
latinoamericana”, vinculada a procesos socio- político-culturales
del subcontinente.
“Tarja” tuvo como eje una publicación periódica en forma de revista
de aparición inicialmente bimestral, que hasta su desaparición “por
muerte natural”, según palabras de uno de sus fundadores, Jorge
Calvetti, mantuvo una llamativa regularidad de aparición durante sus
seis años de vida, concretada en dieciséis números de formato y
extensión uniformes.
Según testimonian sus fundadores, la creación del proyecto cuajó
rápidamente no sólo por la suma de voluntades, sino por la
existencia de una necesidad de esa sociedad anhelante de darse a
conocer y reconocerse en el plano sociocultural. Años antes de la
creación (1955), Calvetti, en su ir y venir entre Jujuy y Buenos
Aires, con importantes “altos” en el centro regional dominante
(Tucumán), había gestado con el escritor polaco W. Gombrowicz la
idea de una publicación de objetivos y características similares a
“Tarja”. Fuertes apoyos recoge el proyecto entre artistas
(fundamentalmente, plásticos y escritores de la izquierda, como L.
Spilimbergo, R.González Tuñón, M. De Lellis, entre otros), desde
Buenos Aires y Tucumán. Calvetti, “portador de la llama prometeica”,
se encuentra con N. Groppa en Tilcara (terruño de otro de los
directores, el plástico M. Pantoja). En San Salvador Contactan a
Fidalgo y Busignani (también tilcareño). De todos modos, el centro
de actividades, será la ciudad capital. Las actividades (Grupo de
títeres “El Quitupi”, organización de conferencias, recitales,
exposiciones, puesta en marcha de una librería no comercial y
surgimiento de un sello editorial ) se va dando a medida que el
proyecto, centrado en la revista, crece tanto en el número de
colaboradores como en el público y adherentes. Este despliegue
responde a más de una variable, en primer lugar la necesidad de
construir un espacio de expresión de la cultura local, a la vez que
poner a dialogar a la misma con la dimensión nacional, continental y
mundial. Por otro lado, estas acciones cobrarán sentido en la medida
que la misma sociedad jujeña (o buena parte de ella) se haga
partícipe y haga suya la propuesta. En este sentido, es de alto
interés el análisis de los modos de integración de los colaboradores
(p. ej., el celebrado Héctor Tizón) y la “política” de
colaboraciones.
En lo que hace al proceso de desarrollo y reformulaciones del
proyecto, los testimonios de los fundadores que recogí (entrevistas
a Groppa, Calvetti y Fidalgo), no son del todo coincidentes, sobre
todo en lo que hace a la importancia atribuida, a la distancia, a
“Tarja”, a sus consecuencias en el campo jujeño y también en torno
de su relación con la política nacional de la época, particularmente
respecto del Peronismo. De todas maneras, hay acuerdo en cuanto a la
solidez del inicio, dada por la comunidad de objetivos, lo cual
permitió ajustes y revisiones no traumáticas.
En lo que hace a los manifiestos, sobreabundan en la publicación, y
de hecho, dos de sus columnas centrales y permanentes, lo son: El
individual “Plática” y el colectivo “Tarja”. Destacamos dos
fragmentos de los más significativos:
“Testigos de nuestro paisaje terrestre y celeste, testigos del
tránsito del Hombre por esos paisajes, conocedores de sus pobrezas y
de sus riquezas, tenemos el deber de expresarlos (…) Nos declaramos
solidarios con todo aquél que, aún con recursos primarios o
conocimientos escasos apunta a lo sustancial en arte y construye con
el barro que pisa a diario una ingenua paloma portadora de su cálido
amor por todos” (Primer manifiesto, “Tarja”, en Tarja, nº 1).
“En el terreno de las cultura, es tal vez donde mejor ejemplo
recibimos de la importancia que tiene el aporte recíproco, el
intercambio de hombres y obras sin exclusiones que signifiquen
desprecio por lo extranjero”
(N. Groppa, “Plática”, en Tarja nº 2)
Sin dudas, a más de medio siglo de su fundación, “Tarja” es
reconocida como la experiencia más representativa e influyente de su
provincia.
“Calíbar”, el rastreador de la cultura local (La Rioja, 1953)
“Una empresa de cultura que bajo la advocación del rastreador de
Facundo, sale a la búsqueda de los talentos de la tierra norteña”
según sus fundadores (los hermanos Lanzillotto, José Paredes, Pedro
Herrera, Ramón López, María Argüello y el más reconocido a nivel
nacional, Ariel Ferraro). Una iniciativa que desde un inicial y
único periódico, se constituyó en el movimiento que más radicalmente
modificó el perfil de la vida cultural de una provincia (se abrió a
todas las expresiones artísticas).
Frente a una chata o ausente política cultural, la experiencia
acogió a jóvenes artistas (en este sentido puede considerársela una
experiencia generacional). El distintivo de la pajarita blanca,
emblema del grupo, presidió tertulias literarias, conferencias,
cursos desde 1953, durante diez años que modificaron la vida
cultural de la Rioja, más allá de los avatares de la política
provincial y nacional, particularmente adversa en los períodos
dictatoriales. Al paso de los años, esta tarea cuajó en importantes
niveles de institucionalización: p. ej. El Profesorado de Artes
Plásticas y la Escuela de Diseño. “El País” de Madrid, “La Razón” de
Buenos Aires, dieron acogida a la experiencia en sus suplementos
culturales.
Otro aspecto a considerar es la persistencia de sus integrantes en
una actitud militante, en el campo de la cultura y excediendo éste:
a las persecuciones de la dictadura de Onganía se sumaron
destierros, detenciones y muertes durante el Proceso. La lucha era
contra lo engolado, lo retórico, expresión de un arte concebido como
fugaz pasatiempo o expresión reservada para unos pocos.
Tareas editoriales, el teatro de títeres “el Mikilo”, programación
de actividades culturales de todo tipo marcan, con algunas
diferencias, un modo de operar compartido con “Tarja”.
Fundamentalmente esta comparación permite verificar algunas tesis
vinculadas a la relación entre estos grupos y las dinámicas del
campo local y su articulación con las tensiones nacionales,
continentales y mundiales. También hipotetizar sobre “otros”
sentidos de la literatura en tanto práctica social
(fundamentalmente, protagonizada por grupos) en las regiones
“periféricas” del país.
Hasta la próxima
Claudio Simiz
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