RESEÑA Y CRÍTICA DE LIBROS
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Por Claudio Simiz
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Publicado en MorenoArte el 04 de febrero del 2012

El punto más lejano

De Santiago Sylvester

Ruinas circulares, col. Iluminaciones, 80 p. (poesía)

“Este libro, como Proust, insiste en la memoria fragmentada, por supuesto involuntaria, caótica.  (…) como Joyce realiza el monólogo, en forma de una poesía que se “desovilla” (…)” . Liliana Díaz Mindurry, en un prólogo que es casi un ensayo sobre la poética del autor, construye un itinerario a través de sus sucesivos libros, a partir del cual emergen ejes, claves para un intento de interpretación integral de la obra poética del salteño. Memoria y mirada ponen en diálogo este libro con los grandes narradores de un siglo atrás.

Y es desafiante, ardua la tarea, sin dudas. Sylvester no sólo es uno de los poetas más prestigiosos de su generación (´70), sino también un agudo y meticuloso crítico y estudioso de nuestra poesía; por otra parte su sostenida labor como ensayista y su incursión en la narrativa lo convierten en una de las personalidades más atractivas del actual panorama literario nacional. Podría afirmarse que todos estos aspectos se dan cita en El punto más lejano, libro de reciente aparición. Un discurrir casi prósico de los extensos poemas, un permanente ejercicio de la introspección cuajado en el intento de establecer la distancia “objetivadora” y la evocación de las atmósferas y situaciones de la infancia perdida y recreada son tres de los aspectos más distintivos de este poemario,. En realidad, los últimos libros de Silvester vienen profundizando esta senda  personal y diría riesgosa, en que lo poético, lo narrativo y lo filosófico confluyen en un todo existencial que trasciende la unidad de cada poema para constituirse en un cosmos  encriptado (en este caso) en ochenta páginas. El esfuerzo de “mirar” en simultáneo el ayer y el hoy, el niño y el hombre y establecer un puente, la certeza de discurrir entre lo efímero y lo perdido, la condena-pasión de formular inventarios  inútiles, a la postre, porque el sentido final es inaprensible, dan temperatura poética, convocan al estremecimiento compartido en esta propuesta tan distante de “lo convencional poético”, si cabe la expresión en estos otoñales tiempos posmodernos.

Después de todo, quién no ha incurrido, con urgente necesidad y acaso secreta resignación, en la utopía de inventarse la infancia, de domar la memoria, de explicar la propia vida como un camino no tan azaroso.

XVII

Hoy

un contagio de mirar

como hay otro

contagio es el de no estar en el lugar correcto,

contagio de la década pedida que se llama

fracaso.

             Fracaso

que se esconde en cualquier parte

y desde allí avanza hasta ocupar la respiración.

 

Pero el fracaso es selectivo, elige

con cuidado cada uno

con su fracaso propio, como la muerte propia a la manera organizada

      de Rilke, como el pan de cada día, la propia planificación o la

      palabra propia.

O la propia versión del que, por ejemplo, dice:

…el largo filamento que dejaba un caracol en el patio: iba de hoja en hoja inspeccionando todo, lenta y concienzudamente, como si tuviera el deber de informar su paso por la tierra, con su enorme memoria de animal milenario. Inmóvil ante una hoja caída, bajo el toldo que paraba el sol del verano, y nada se movía en el patio, sólo que para mí la vida era un túnel por el que soplaba un viento feroz, un arrebato que me llevaba a la otra punta: yo era succionado por la gran ventilación y aparecía con el pelo revuelto y los ojos fuera de órbita en la otra punta del mundo y yo no estaba aquí sino allá, donde la vida no tenía la meditación ceremoniosa y sabia del caracol sino el oleaje del caballo en el momento de saltar. Yo era el caballo viviendo en el caracol.