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| CUENTOS |
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| Carlos López Dzur |
| Publicado con autorización del autor a quien agradezco enormemente. |
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La puerta de escape / microcuento
Un
laberinto
de
espejos
techaba
el
lugar.
Arriba,
en
ocasiones,
distinguía
ciertas
luces,
formando
letras
y
símbolos.
Como
quien
lee
un
letrero
de
neón,
figuró
cómo
relampagueba
el
mensaje;
MAAT.
En
otras
alturas
luminosas
y
círculos
profundos,
creyó
leer
Wyrd.
Y
aún,
Heirmarmene.
O
la
palabra
Destino.
El era criatura sintiente, con poco entendimiento; pero, estaba sola, rodeada por muros rugosos, pasillos repitiéndose en arreglo sin límites y, para tentarlo escaleras para que suba a puentes levadizos, con sigilo de sus pisadas. A ratos descubría oscuros abismos, sepulturas y, ante el riesgo del desequilibrio y caer y matarse, buscaba un rincón y dormitaba, dizque que por ahorro de su energía. El laberinto, a pie pelado, parecía un arenal con abrojos o pedazos de pizarral o lajas cortantes. «Mejor ni caminarlo», meditaba. En el lugar hay puertas falsas, con paredes, obstructivas por destino. «De aquí no saldré jamás. No hay escapada», aseguró; aunque se sabe observado por quien lo alimenta día a día para que siga vivo. Y aunque no es agradable vivir así, cautivo y solo, él come. Hambre no pasa y se cree listo, subsistente por comer y beber en este laberinto. Ha estado preso y van años de confinamiento, injustificado proceso, porque no sabe el delito. Ni cómo llegó allí ni cuándo ni por qué... Y en este sistema, o este cosmos, sólo existe Otro Ser que emite su voz y da Su Nombre, Hashgaja: Divina Providencia, pero, ¡qué terco el preso es! Y odioso. Cuando Hashgaja le habla tan quedo en la noche, no responde. No dialoga y le dice: «Déjame dormir. Estoy cansado y aquí todo es oscuro». El reo es un idólatra del pasado y no rogará a quien se dice Proveedor ni por más alimento. Hashgaja le ha dicho que hay un más allá del Laberinto. Le escribe en ese Cielo, semiluminoso, con que le llama a mirar hacia la Altura, los letreros de su salvación. Si dejara el Egipto personal de su pasado, si ese tiempo lo disolviera en su presente, sabría que su vida es un recuerdo que lo obsede. La prisión es sólo una memoria de su pensamiento. La luz infinita precósmica le llama. Es la única que rompería su atadura. Lo haría libre. Lo elevaría por encima de las estrellas. Pero él, reo idólatra, redujo la Divina Providencia a la animalidad de la bestia que come, duerme y no dialoga con el Cielo profundo, el laberinto de espejos que lo techa en el medio y le dice: «Yo soy la Puerta de Escape. Yo elevo al hombre por encima de las estrellas y disuelvo el karma, la soledad y la tristeza». |
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