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ALDO PELLEGRINI
El ilustre desconocido
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Cuando se examina la estruendosa farsa, con el mecanismo fraguado de la gran tramoya que crea un hechizante escenario donde se invierten los valores, y las comparsas se convierten en histriones engolados que declaman frente a una concurrencia extasiada por el hedor cadavérico que cada uno de los presentes, y hasta de los ausentes, despide a su modo, resulta imposible concebir cómo un artista auténtico pueda encontrar espacio para establecer algún contacto con un público auténtico. La poderosa y maligna estructura establecida en todo el mundo por la gran internacional de la mediocridad, utilizando los elementos fundamentales de presión y de poder: el dinero y el poderío político (elementos de igual signo y por lo tanto intercambiables), destinada a la sistemática destrucción de la calidad humana y del espíritu creador, torna casi imposible que un verdadero artista pueda llegar a ser conocido.

Una enorme muralla sólida, casi inexpugnable, separa al artista puro del hombre puro que será receptor de su mensaje. Octava maravilla del mundo, esta muralla que aísla la voz poderosa del creador ha sido levantada por hábiles ingenieros: los rufianes y los falsarios de todo orden y todo credo, utilizando la numerosa fuerza provista por la gran internacional de la mediocridad, en la que militan los impotentes, los resentidos, los oligofrénicos, los insensibles, y otros poseedores de distintas insuficiencias de carácter mental, que con gran desenvoltura contribuyen a crearnos una humanidad "mejor". Todos estos "constructores del futuro" están convencidos de que el talento y la grandeza de alma son los grandes enemigos del género humano, y combaten al artista creador mediante sus vastos mecanismos de difusión y control de las conciencias: los periódicos, las editoriales, los certámenes nacionales e internacionales, las academias, la radiotelefonía y la televisión, la publicidad en sus múltiples y tortuosas variantes. Este magno conglomerado de abyección lo posee todo menos... Y es justamente ese "menos" lo que los desespera, por eso odian a los poseedores de ese "menos". Pessoa dice en su poema Tabaquería: 

No soy nada

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ese "menos" contiene todos los sueños del mundo. Y esos sueños tienen que ser llevados a alguien que está distante, apartado, rodeado de niebla; a alguien que también contiene "todos los sueños del mundo" pero no lo sabe, que necesita ser alcanzado por esa voz que lo fecunde. Pero ese hombre que dice y ese hombre que espera están separados casi definitivamente, y ninguno de ellos da un paso adelante para reconocerse; ninguno es capaz de atravesar esa muralla de basura que los separa: son comprensibles razones de repugnancia; ¡pero alguna vez habrá que luchar a cielo abierto con los fabricantes del asco!

Y entonces acuden las preguntas: ¿vale la pena escribir?, ¿para quién se escribe? Justamente para ese alguien que espera: el hombre del alma fértil; para aquel que llamaré en adelante el Ilustre Desconocido.

Es muy difícil que la obra de un verdadero artista se encuentre al alcance de un público receptivo, pero cómodo y negligente, que no sale a buscar las cosas sino que espera que alguien lo llame y se las ofrezca; que no sólo es incapaz del esfuerzo de buscarlas, sino del simple esfuerzo de abrir los ojos y verlas, si previamente alguien no se las señala. Ese alguien que señala las cosas es el Ilustre Desconocido.

Creo en el misterioso desconocido. Un día encontrará un libro en un anaquel y lo hojeará distraído: de pronto ciertas palabras ordenadas de cierto modo harán estallar en su interior un polvorín cuya existencia el sujeto mismo ignoraba. Después de esa explosión, el desconocido siente que algo se ha transformado en él. Esta es la gran satisfacción con la que sueña el poeta auténtico: la posibilidad de provocar una explosión en el espíritu de un ser humano que lo arranque de su vivir indiferente, que lo lleve a ese estado en que la vida se impregna de fervor. Frente a ese milagro de la comunicación, ¿qué pueden significar la fama y sus laureles rápidamente marchitos, o la ilusión de ocupar un lugar en la historia por el hecho de figurar en nauseabundos manuales literarios?

Además, el libro debe tener su historial dramático: ha de ser pisoteado y vilipendiado, arrojado a todos los rincones, raído por las ratas y asfixiado por el polvo, hasta que un día aparece en la mesa de un librero de viejo, milagrosamente conservado gracias a la avaricia que provocan los libros, y que los hace indestructibles. Entonces alguien llega y por poquísimas monedas lo compra, y precisamente en ese instante el libro realmente nace. Sí; allí está el Ilustre Desconocido. ¿Qué hace en su vida? Cualquier cosa: puede ser sastre o ingeniero, empleado bancario o médico, fotógrafo, desertor, trotamundos, contrabandista, jugador, cualquier cosa menos político o especulador. Puede hasta llegar a escribir, pero siempre pasa inadvertido, es decir, pasa inadvertida su alta calidad de receptor sensible. Existe, está allí; es de la misma raza que el artista, pero de una raza que no se diferencia por el color de la piel o de lo índices antropométricos; pertenece a la raza de los seres humanos cabales. Mira, y cuando mira, ve; oye y cuando oye escucha. Él reconoce la voz de lo auténtico. Permanece alerta a esa voz única que llega de cualquier parte, de los rincones oscuros, de los lugares desiertos, del seno de una multitud inocua. Y hasta en plena calle, entre la barahúnda de lo que aúllan para hacerse oír, puede reconocer la presencia de lo auténtico por su silencio.

Inusitada es la actuación de ese Ilustre Desconocido: no necesita que le señalen las cosas para verlas; en cambio, es él quien las señala y las vuelve visibles para los miopes; no necesita hablar muy alto para hacerse oír e imponerse; simplemente dice, o le basta con un gesto o un ademán. Y cuando el Ilustre Desconocido descubre al verdadero artista, su índice lo señala con autoridad escalofriante, y musita en voz baja: "es él". Así, en voz baja, lo que dice resulta poderoso, atronador; lentamente lo domina todo; y lo bobalicones, los falsarios y los rufianes ceden. Entonces se produce un hecho inesperado: la penetración del verdadero artista en el mundo de los bobalicones, los falsarios y los rufianes, en sus periódicos, en sus bibliotecas, en sus conversaciones; e inconscientemente ellos lo difunden, se convierten en servidores del gran enemigo. Y todo esto por obra de un espejo misterioso que refleja al artista en toda su intensidad: por obra del espectador perfecto, del Ilustre Desconocido.

Ya dijimos que ese Ilustre Desconocido puede ser un crítico. ¿Pero a qué se denomina crítico? A una puerta cerrada para todo lo nuevo, lo creador, lo auténtico; a una puerta abierta para la mistificación, el lugar común, la retórica. Sólo cuando una verdadera obra de arte llega a ser consenso, es decir, ha pasado por la mediación del Ilustre Desconocido, encuentra abierta la puerta de la crítica. Pero entonces ¿qué función desempeña la crítica? Decir que desempeña alguna función parecería absurdo; sin embargo, debe tenerla y realmente la tiene: ¿puede sospecharse lo que sería un mundo sin críticos, en que el genio de los hombres se derramara tumultuosamente sobre la tierra? Un torrente insoportable, que obligaría a todos a vivir en alturas para las cuales sólo muy pocos están dotados. Esa parece ser, en el fondo, la función de la crítica: crear diques para contener la genialidad desatada del hombre. Y los críticos llegan a convertirse en diques como reacción frente a la obra del creador, que los deja sin recursos y humillados.

Los dos mecanismos inconscientemente utilizados por los críticos para paralizar las fuerzas creadoras son: en primer término, el silencio, cuando sospechan que delante de ellos pasa algo que no entienden (claro que me refiero a los críticos "sutiles" porque los torpes suelen repartir mandobles a ciegas); en segundo término (como labor de apoyo y paralela), la exaltación de todo lo mediocre. Estos dos mecanismos representan el hierro y el cemento de ese dique que trata de detener el torrente de lo creador.

Criticar a los críticos equivale a castigar a un perro ya muy castigado. Desde la más remota antigüedad. Pero en la increíble fertilidad para la maleza que ofrece el mundo moderno, hoy los críticos constituyen una plaga: el parasitismo de la fantasía de los otros. De esa crítica adocenada y sin opinión (firmnada o anónima, tanto da) se nutren los periódicos y revistas artístico-literarias; y aunque parezca increíble, ésa es la crítica que forma la opinión pública.

El arte es un material fascinante de suprema fragilidad. Los críticos no lo saben: ellos lo manosean, lo aplastan, lo quiebran, y ni siquierase dan cuenta. Quizás esta misma inconsciencia los salve de la pena capital a la que están condenados: no son responsables de sus actos.

Pero no todos los críticos llegan a ese estado por las mismas causas: los más entusiastas son directamente idiotas; a los demás se los podría clasificar en corruptubles e incorruptibles. Los corruptibles pueden comenzar con muy buenas intenciones, pero una lenta y progresiva descomposición los invade; como agentes de corrupción actúan los amigos, los halagos, y especialmente el interés de los más diversos mercaderes de la cultura, hasta que llega un momento en que honradamente no saben lo que es bueno y lo que es malo. Los incorruptibles se defienden de la descomposición mediante el embalsamamiento, con lo que se convierten en momias. No puede negarse la existencia de algún crítico realmente incorruptible, capaz de resistir a la presión sentimental de los amigos, de los halagos y del dinero, pero entonces deja de ser crítico.

Todo esto resulta lamentable, porque la función del crítico podría ser muy importante. Correspondería a la de un espectador lúcido, que, además de recibir el impacto de la obra, sería capaz de analizarlo y comunicarlo; un verdadero nexo entre el creador y el público, que desempeña el papel de sensibilizante para mentalidades menos alertas, menos preparadas para la receptividad. Pero esta condición ideal se cumple en rarísimos casos; cuando se cumple, el crítico incorpora la personalidad del Ilustre Desconocido. Entonces todo se hace fácil: el viaje de la obra del creador hasta la sensibilidad del espectador se abrevia enormemente; el crítico es el hábil barquero, el de la ruta precisa. Pero no soñemos demasiado; esto pasa pocas veces, y cuando sucede, el crítico en la mayoría de los casos es también un creador.

La cooperación del Ilustre Desconocido  es imprescindible para que la obra del artista exista en realidad. El poeta, el artista en general, no es entero mientras no encuentra a ese desconocido. La obra de arte tiene una misión fecundante; es una especie de semilla que lo contiene todo, pero no es nada hasta el momento en que encuentra un terreno donde desarrollarse. Entonces ya no lo contiene todo; es, directamente, todo.

Por no haber encontrado a su Ilustre Desconocido, ¿es posible imaginar cuántas gigantescas creaciones del espíritu pueden haberse perdido? Me recorren escalofríos al solo pensarlo, y al recordar que se debe a distintos azares la salvación de obras como las de Kafka, Rimbaud o Lautréamont.

Para mayor complejidad del personaje, ese Ilustre Desconocido puede no ser una persona definida, sino estar formado por una cadena de distintos individuos: comienza, digamos, por la mujer que ama al artista, aunque no lo comprende, y por amor lleva la obra de su artista a todas partes, llama a todas las puertas por ella, hasta dar con alguien que tampoco comprende (un editor, un mecenas, un influyente), pero que por bondad, por afecto o por cansancio contribuye a sacar de las sombras a un artista; luego, ese proceso de salir de las sombras se va produciendo muy despacio: primero es alguien que sospecha ver algo pero no sabe bien qué, luego otro que ya ve con certeza algo, aunque parcialmente, y luego otros, que sucesivamente aportan esclarecimientos fragmentarios, hasta que de pronto, como un verdadero rompecabezas, la obra se recompone en su totalidad y resulta clara y accesible casi para cualquiera. Este largo proceso desempeña la función y hace las veces del Ilustre Desconocido.

De todo el recorrido que hemos efectuado para explicar las entrañas características del Ilustre Desconocido se desprende la esencia mágica de un fenómeno que contra toda lógica, contra toda probabilidad, hace que la obra de un artista, para la que sólo es dable esperar hostilidad y silencio, aparezca de pronto a la luz, se apodere de derminados espíritus, y crezca y se desarrolle contra las fuerzas concurrentes que se le oponen. Este sorprendente fenómeno hace que el arte de hoy esté determinado por el signo de artistas como Van Gogh, Lautréamont y Rimbaud, que en su tiempo sufrieron en la mayor medida el proceso de ailamiento y oposición del medio. Los otros, aquellos que en la misma época gozaron del favor del público, han desaparecido sin dejar rastros.

La obra de un artista pone en juego la capacidad de admirar, que no es más que un aspecto de los poderes creadores que todos poseemos, y arrastra consigo a los más ricos valores humanos. Pero esta capacidad de admirar tiene sentido y cumple su función creadora cuando se adecua al objeto. Desgraciadamente, en la mayoría de los hombres, esa capacidad flota en el vacío. porque intenta aplicarse sólo a lo inadmirable. Y esto se debe a que el vulgo ha perdido el hábito de la elección, es absolutamente incapaz de elegir: todo se le impone desde afuera, y cuando se habla de un "gusto del gran público", como refiriéndose a determinadas predilecciones, no se trata más que de una aparente elección entre muy pocas opciones, y aún ella está dirigida por factores circunstanciales totalmente exteriores. Los componentes individuales del gran público no tienen ninguna probabilidad de ejercitar su capacidad particular de admiración: han desaparecido como individuos.

La verdadera obra de arte depende de la existencia de ese Ilustre Desconocido y de su contacto con él. Todo el estrépito o bambolla que se haga para exaltar una obra cualquiera no impresiona al Ilustre Desconocido. Sí impresiona, en cambio, al "gran público", y es factor de éxito termina definitivamente cuando termina el ruido.

Nos vamos acercando al final con la vehemente sospecha de que el Ilustre Desconocido no es un individuo, sino más bien un factor X, factor de dilucidación que en la tremenda confusión que nos rodea hace que resulte evidente lo justo. Cuando los que creen saber, señala con su eficiencia alguna cosa a la multitud, el factor X los desmiente, se posa sobre otra distinta, que pasaba inadvertida, y la ilumina como si dejera: "esta es la cosa". Entonces, todos comprenden, los ciegos se tornan videntes, la pereza mental se convierte en lucidez, y a partir de entonces el factor X fija la cosa y la determina; la torna idestructible; la cosa, en adelante, no hará más que crecer, llevando consigo la huella de la grandeza del hombre. Y en ese preciso momento se acaba el hechizo de la estruendosa farsa.

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