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Cuando se examina la estruendosa farsa, con el
mecanismo fraguado de la gran tramoya que crea un hechizante
escenario donde se invierten los valores, y las comparsas se
convierten en histriones engolados que declaman frente a una
concurrencia extasiada por el hedor cadavérico que cada uno de
los presentes, y hasta de los ausentes, despide a su modo,
resulta imposible concebir cómo un artista auténtico pueda
encontrar espacio para establecer algún contacto con un
público auténtico. La poderosa y maligna estructura
establecida en todo el mundo por la gran internacional de la
mediocridad, utilizando los elementos fundamentales de presión
y de poder: el dinero y el poderío político (elementos de
igual signo y por lo tanto intercambiables), destinada a la
sistemática destrucción de la calidad humana y del espíritu
creador, torna casi imposible que un verdadero artista pueda
llegar a ser conocido.
Una enorme muralla sólida, casi inexpugnable, separa al
artista puro del hombre puro que será receptor de su mensaje.
Octava maravilla del mundo, esta muralla que aísla la voz
poderosa del creador ha sido levantada por hábiles ingenieros:
los rufianes y los falsarios de todo orden y todo credo,
utilizando la numerosa fuerza provista por la gran internacional
de la mediocridad, en la que militan los impotentes, los
resentidos, los oligofrénicos, los insensibles, y otros
poseedores de distintas insuficiencias de carácter mental, que
con gran desenvoltura contribuyen a crearnos una humanidad
"mejor". Todos estos "constructores del
futuro" están convencidos de que el talento y la grandeza
de alma son los grandes enemigos del género humano, y combaten
al artista creador mediante sus vastos mecanismos de difusión y
control de las conciencias: los periódicos, las editoriales,
los certámenes nacionales e internacionales, las academias, la
radiotelefonía y la televisión, la publicidad en sus
múltiples y tortuosas variantes. Este magno conglomerado de
abyección lo posee todo menos... Y es justamente ese
"menos" lo que los desespera, por eso odian a los
poseedores de ese "menos". Pessoa dice en su poema
Tabaquería:
No soy nada
Nunca seré nada.
No puedo querer
ser nada.
Aparte de eso,
tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ese "menos"
contiene todos los sueños del mundo. Y esos sueños tienen que
ser llevados a alguien que está distante, apartado, rodeado de
niebla; a alguien que también contiene "todos los sueños
del mundo" pero no lo sabe, que necesita ser alcanzado por
esa voz que lo fecunde. Pero ese hombre que dice y ese hombre
que espera están separados casi definitivamente, y ninguno de
ellos da un paso adelante para reconocerse; ninguno es capaz de
atravesar esa muralla de basura que los separa: son
comprensibles razones de repugnancia; ¡pero alguna vez habrá
que luchar a cielo abierto con los fabricantes del asco!
Y entonces acuden las
preguntas: ¿vale la pena escribir?, ¿para quién se escribe?
Justamente para ese alguien que espera: el hombre del alma
fértil; para aquel que llamaré en adelante el Ilustre
Desconocido.
Es muy difícil que
la obra de un verdadero artista se encuentre al alcance de un
público receptivo, pero cómodo y negligente, que no sale a
buscar las cosas sino que espera que alguien lo llame y se las
ofrezca; que no sólo es incapaz del esfuerzo de buscarlas, sino
del simple esfuerzo de abrir los ojos y verlas, si previamente
alguien no se las señala. Ese alguien que señala las cosas es
el Ilustre Desconocido.
Creo en el misterioso
desconocido. Un día encontrará un libro en un anaquel y lo
hojeará distraído: de pronto ciertas palabras ordenadas de
cierto modo harán estallar en su interior un polvorín cuya
existencia el sujeto mismo ignoraba. Después de esa explosión,
el desconocido siente que algo se ha transformado en él. Esta
es la gran satisfacción con la que sueña el poeta auténtico:
la posibilidad de provocar una explosión en el espíritu de un
ser humano que lo arranque de su vivir indiferente, que lo lleve
a ese estado en que la vida se impregna de fervor. Frente a ese
milagro de la comunicación, ¿qué pueden significar la fama y
sus laureles rápidamente marchitos, o la ilusión de ocupar un
lugar en la historia por el hecho de figurar en nauseabundos
manuales literarios?
Además, el libro
debe tener su historial dramático: ha de ser pisoteado y
vilipendiado, arrojado a todos los rincones, raído por las
ratas y asfixiado por el polvo, hasta que un día aparece en la
mesa de un librero de viejo, milagrosamente conservado gracias a
la avaricia que provocan los libros, y que los hace
indestructibles. Entonces alguien llega y por poquísimas
monedas lo compra, y precisamente en ese instante el libro
realmente nace. Sí; allí está el Ilustre Desconocido. ¿Qué
hace en su vida? Cualquier cosa: puede ser sastre o ingeniero,
empleado bancario o médico, fotógrafo, desertor, trotamundos,
contrabandista, jugador, cualquier cosa menos político o
especulador. Puede hasta llegar a escribir, pero siempre pasa
inadvertido, es decir, pasa inadvertida su alta calidad de
receptor sensible. Existe, está allí; es de la misma raza que
el artista, pero de una raza que no se diferencia por el color
de la piel o de lo índices antropométricos; pertenece a la
raza de los seres humanos cabales. Mira, y cuando mira, ve; oye
y cuando oye escucha. Él reconoce la voz de lo auténtico.
Permanece alerta a esa voz única que llega de cualquier parte,
de los rincones oscuros, de los lugares desiertos, del seno de
una multitud inocua. Y hasta en plena calle, entre la barahúnda
de lo que aúllan para hacerse oír, puede reconocer la
presencia de lo auténtico por su silencio.
Inusitada es la
actuación de ese Ilustre Desconocido: no necesita que le
señalen las cosas para verlas; en cambio, es él quien las
señala y las vuelve visibles para los miopes; no necesita
hablar muy alto para hacerse oír e imponerse; simplemente dice,
o le basta con un gesto o un ademán. Y cuando el Ilustre
Desconocido descubre al verdadero artista, su índice lo señala
con autoridad escalofriante, y musita en voz baja: "es
él". Así, en voz baja, lo que dice resulta poderoso,
atronador; lentamente lo domina todo; y lo bobalicones, los
falsarios y los rufianes ceden. Entonces se produce un hecho
inesperado: la penetración del verdadero artista en el mundo de
los bobalicones, los falsarios y los rufianes, en sus
periódicos, en sus bibliotecas, en sus conversaciones; e
inconscientemente ellos lo difunden, se convierten en servidores
del gran enemigo. Y todo esto por obra de un espejo misterioso
que refleja al artista en toda su intensidad: por obra del
espectador perfecto, del Ilustre Desconocido.
Ya dijimos que ese Ilustre Desconocido puede
ser un crítico. ¿Pero a qué se denomina crítico? A una
puerta cerrada para todo lo nuevo, lo creador, lo auténtico; a
una puerta abierta para la mistificación, el lugar común, la
retórica. Sólo cuando una verdadera obra de arte llega a ser
consenso, es decir, ha pasado por la mediación del Ilustre
Desconocido, encuentra abierta la puerta de la crítica. Pero
entonces ¿qué función desempeña la crítica? Decir que
desempeña alguna función parecería absurdo; sin embargo, debe
tenerla y realmente la tiene: ¿puede sospecharse lo que sería
un mundo sin críticos, en que el genio de los hombres se
derramara tumultuosamente sobre la tierra? Un torrente
insoportable, que obligaría a todos a vivir en alturas para las
cuales sólo muy pocos están dotados. Esa parece ser, en el
fondo, la función de la crítica: crear diques para contener la
genialidad desatada del hombre. Y los críticos llegan a
convertirse en diques como reacción frente a la obra del
creador, que los deja sin recursos y humillados.
Los dos mecanismos inconscientemente
utilizados por los críticos para paralizar las fuerzas
creadoras son: en primer término, el silencio, cuando sospechan
que delante de ellos pasa algo que no entienden (claro que me
refiero a los críticos "sutiles" porque los torpes
suelen repartir mandobles a ciegas); en segundo término (como
labor de apoyo y paralela), la exaltación de todo lo mediocre.
Estos dos mecanismos representan el hierro y el cemento de ese
dique que trata de detener el torrente de lo creador.
Criticar a los críticos equivale a castigar
a un perro ya muy castigado. Desde la más remota antigüedad.
Pero en la increíble fertilidad para la maleza que ofrece el
mundo moderno, hoy los críticos constituyen una plaga: el
parasitismo de la fantasía de los otros. De esa crítica
adocenada y sin opinión (firmnada o anónima, tanto da) se
nutren los periódicos y revistas artístico-literarias; y
aunque parezca increíble, ésa es la crítica que forma la
opinión pública.
El arte es un material fascinante de suprema
fragilidad. Los críticos no lo saben: ellos lo manosean, lo
aplastan, lo quiebran, y ni siquierase dan cuenta. Quizás esta
misma inconsciencia los salve de la pena capital a la que están
condenados: no son responsables de sus actos.
Pero no todos los críticos llegan a ese
estado por las mismas causas: los más entusiastas son
directamente idiotas; a los demás se los podría clasificar en
corruptubles e incorruptibles. Los corruptibles pueden comenzar
con muy buenas intenciones, pero una lenta y progresiva
descomposición los invade; como agentes de corrupción actúan
los amigos, los halagos, y especialmente el interés de los más
diversos mercaderes de la cultura, hasta que llega un momento en
que honradamente no saben lo que es bueno y lo que es malo. Los
incorruptibles se defienden de la descomposición mediante el
embalsamamiento, con lo que se convierten en momias. No puede
negarse la existencia de algún crítico realmente
incorruptible, capaz de resistir a la presión sentimental de
los amigos, de los halagos y del dinero, pero entonces deja de
ser crítico.
Todo esto resulta lamentable, porque la
función del crítico podría ser muy importante.
Correspondería a la de un espectador lúcido, que, además de
recibir el impacto de la obra, sería capaz de analizarlo y
comunicarlo; un verdadero nexo entre el creador y el público,
que desempeña el papel de sensibilizante para mentalidades
menos alertas, menos preparadas para la receptividad. Pero esta
condición ideal se cumple en rarísimos casos; cuando se
cumple, el crítico incorpora la personalidad del Ilustre
Desconocido. Entonces todo se hace fácil: el viaje de la obra
del creador hasta la sensibilidad del espectador se abrevia
enormemente; el crítico es el hábil barquero, el de la ruta
precisa. Pero no soñemos demasiado; esto pasa pocas veces, y
cuando sucede, el crítico en la mayoría de los casos es
también un creador.
La cooperación del Ilustre Desconocido
es imprescindible para que la obra del artista exista en
realidad. El poeta, el artista en general, no es entero mientras
no encuentra a ese desconocido. La obra de arte tiene una
misión fecundante; es una especie de semilla que lo contiene
todo, pero no es nada hasta el momento en que encuentra un
terreno donde desarrollarse. Entonces ya no lo contiene todo;
es, directamente, todo.
Por no haber encontrado a su Ilustre
Desconocido, ¿es posible imaginar cuántas gigantescas
creaciones del espíritu pueden haberse perdido? Me recorren
escalofríos al solo pensarlo, y al recordar que se debe a
distintos azares la salvación de obras como las de Kafka,
Rimbaud o Lautréamont.
Para mayor complejidad del personaje, ese
Ilustre Desconocido puede no ser una persona definida, sino
estar formado por una cadena de distintos individuos: comienza,
digamos, por la mujer que ama al artista, aunque no lo
comprende, y por amor lleva la obra de su artista a todas
partes, llama a todas las puertas por ella, hasta dar con
alguien que tampoco comprende (un editor, un mecenas, un
influyente), pero que por bondad, por afecto o por cansancio
contribuye a sacar de las sombras a un artista; luego, ese
proceso de salir de las sombras se va produciendo muy despacio:
primero es alguien que sospecha ver algo pero no sabe bien qué,
luego otro que ya ve con certeza algo, aunque parcialmente, y
luego otros, que sucesivamente aportan esclarecimientos
fragmentarios, hasta que de pronto, como un verdadero
rompecabezas, la obra se recompone en su totalidad y resulta
clara y accesible casi para cualquiera. Este largo proceso
desempeña la función y hace las veces del Ilustre Desconocido.
De todo el recorrido que hemos efectuado para
explicar las entrañas características del Ilustre Desconocido
se desprende la esencia mágica de un fenómeno que contra toda
lógica, contra toda probabilidad, hace que la obra de un
artista, para la que sólo es dable esperar hostilidad y
silencio, aparezca de pronto a la luz, se apodere de derminados
espíritus, y crezca y se desarrolle contra las fuerzas
concurrentes que se le oponen. Este sorprendente fenómeno hace
que el arte de hoy esté determinado por el signo de artistas
como Van Gogh, Lautréamont y Rimbaud, que en su tiempo
sufrieron en la mayor medida el proceso de ailamiento y
oposición del medio. Los otros, aquellos que en la misma época
gozaron del favor del público, han desaparecido sin dejar
rastros.
La obra de un artista pone en juego la
capacidad de admirar, que no es más que un aspecto de los
poderes creadores que todos poseemos, y arrastra consigo a los
más ricos valores humanos. Pero esta capacidad de admirar tiene
sentido y cumple su función creadora cuando se adecua al
objeto. Desgraciadamente, en la mayoría de los hombres, esa
capacidad flota en el vacío. porque intenta aplicarse sólo a
lo inadmirable. Y esto se debe a que el vulgo ha perdido el
hábito de la elección, es absolutamente incapaz de elegir:
todo se le impone desde afuera, y cuando se habla de un
"gusto del gran público", como refiriéndose a
determinadas predilecciones, no se trata más que de una
aparente elección entre muy pocas opciones, y aún ella está
dirigida por factores circunstanciales totalmente exteriores.
Los componentes individuales del gran público no tienen ninguna
probabilidad de ejercitar su capacidad particular de
admiración: han desaparecido como individuos.
La verdadera obra de arte depende de la
existencia de ese Ilustre Desconocido y de su contacto con él.
Todo el estrépito o bambolla que se haga para exaltar una obra
cualquiera no impresiona al Ilustre Desconocido. Sí impresiona,
en cambio, al "gran público", y es factor de éxito
termina definitivamente cuando termina el ruido.
Nos vamos acercando al final con la vehemente
sospecha de que el Ilustre Desconocido no es un individuo, sino
más bien un factor X, factor de dilucidación que en la
tremenda confusión que nos rodea hace que resulte evidente lo
justo. Cuando los que creen saber, señala con su eficiencia
alguna cosa a la multitud, el factor X los desmiente, se posa
sobre otra distinta, que pasaba inadvertida, y la ilumina como
si dejera: "esta es la cosa". Entonces, todos
comprenden, los ciegos se tornan videntes, la pereza mental se
convierte en lucidez, y a partir de entonces el factor X fija la
cosa y la determina; la torna idestructible; la cosa, en
adelante, no hará más que crecer, llevando consigo la huella
de la grandeza del hombre. Y en ese preciso momento se acaba el
hechizo de la estruendosa farsa.
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