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GABRIEL MORAES
Prosa Pética
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Memorial de la madre y el hijo

Dedicado con profundo amor y respeto a  todas las madres, especialmente a la mía: Rita Zamora

Mi mamá, siempre mi mamá. Con sus noches y problemas, sombras y luciérnagas en el pelo. Con sus ojos iluminados, su vestido lleno de vivir y su sonrisa, una flor en la boca de su edad dispuesta a perfumar cada vez que me mira.

Mi mamá... Siempre conmigo en la sangre de mis sentimientos. Cuando me hace reír, cuando me hace llorar. En el aire que me da la vida, que me inunda desde pequeño para recordarla, para respirarla.

Con su apellido junto a mi nombre, cuidándome de los tropiezos oscuros que nunca faltan.

Lo que fui... Fue ella y sus brazos, ella y su voz; hablándome, cantándome, durmiéndome.

Entre luces escritas de tiempo y minutos, en páginas de sus manos, soy sus palmas inocentes, desveladas de recuerdos y enfermedades..

Mirándola, soy su raíz más profunda en el corazón, que la enternece, que la hace vivir como un latido.

Su piel habla de un horizonte viejo y lejano, tan luminoso como la sangre, como lo inolvidable, como el camino amado; donde aprendió la humildad de su nombre.

Cada paso suyo tiene la “s” suave del silencio, y su huella tiene la edad de los pétalos del sol y de la tierra, la juventud de la luna, que asoma llena y radiante cada vez que me dice hijo.

Mi mamá, siempre mi mamá. Hablándome con la miel de un mango meloso de regocijo. Tajada de sandía, fresca y roja, su sonrisa

Palabra suave como voz de guayaba gratificante, y el olor de su pelo, como a flor de alma limpia después de la lluvia.

Mi mamá, siempre mi mamá. Baja hasta los rostros del pueblo para ver los ojos de Dios, para oír la boca de los tristes, para sentir el bocado de los olvidados que somos nosotros mismos.

Ella y las consonantes de sus palabras cayendo como brisas dando a luz. Mi mamá y su sonrisa en el dolor de los atormentados

Sus manos inmensas como el amor que distingue los frutos verdaderos entre las mentiras; como sus días, siempre rosas para suavizar.

Mi mamá escondiendo las espinas en la corona de su espalda para no herir rostros y necesidades, para no sangrar lo que amo y venero

Mi mamá y su sonrisa... Los niños siempre son lápices de colores a las orillas de los días.

Las noches, papeles negros donde escribe vocales acentuadas de paz y tranquilidad, como su pensar de pelo blanco, luz que sonríe, humana estrella es el titilar de sus labios.

Desde montañas profundas de amor, sus ojos son suspiros que hablan su anhelo de ser siempre pétalo, siempre agua, siempre pan, siempre abrazo. Mirada como de tierna pupila, visionaria de linduras abriendo esperanzas.

Mi mamá... Y los caminos del tiempo que van y vienen sobre su respirar. La noche se cansa cada vez  que asoman sus pasos y la cama cae bendita si sus párpados guardan y cobijan buenas nuevas, gracias y oraciones.

Mi mamá tiene la magia de soñar y vivir como un destello, de reír niña inocente como fresca hoja que reverdece sus sienes.

Encanto de abrir sus ojos y despertar a la primera oportunidad de amar y querer.

Mi mamá, siempre mi mamá, recién nacida ofrece sus manos y da frutos. Dulce azúcar en el café de su mirada y su sonrisa.

Zapatos de mi mamá... Edad de sus aventuras y desventuras, par de caminos en cada mañana, sudor de ir y venir, harapos de tiempo; humildes como cintas, guiños de polvo, suaves y quietos, callados como ojos que sueñan despiertos.

Cuando su voz no está, parecen tristes silencios... Recuerdos muertos, latidos de cementerio abandonado.

Mi mamá, siempre mi mamá. Bebe olas a gotas, guarda caracolas para traer la voz del mar, y uno se duerme en los brazos del cansancio.

Para tocarte y recibirte, piensa rosas en sus manos, y rodearte de suavidad; y en sus ojos, aletean dos estrellas para poder subir hasta Dios y hablarle de mí.

A mi mamá la he visto por las calles, sentada en su tristeza, descalza de ilusiones, rosa por el suelo. Aunque no me vea, sus ojos me llaman, y su voz es un sol dentro de mis remordimientos.

Hijo mío... ¿Dónde estás...?

Sus lágrimas inundan de invierno y sangre mis manos, y yo me abrazo a la soledad de su sonrisa, de su recuerdo.

Ah...! Su cántaro de risas frescas, agua humilde y sincera, cariño de nacimiento en la roca indestructible de su afán;

transparentes pensamientos, voz para la sed iluminando los días, río de amor enterrado en el mar, venas profundas y sencillas, ojos con sus peces abrazándote en el fondo.

Ella no es el trece de la mala suerte o el siete de la buena, es sencillamente la vida y no sólo el diez de mayo. Es mi mamá de todos los días con sus jornadas de gran voluntad;

Sus dos manos y la suavidad, sus dos ojos: el agua y la luz, su horizonte que está más allá del hoy, y su sonrisa, su voz: caja resonante del arco iris después de cada tormenta; y su amor, tan grande como el aire que trae mañanas en sus venas.

Mamá... Tu amor me nace en pupilas profundas de cercanías y de recuerdos. Estás dentro de mí como el suave sentido de la sangre que pone sus manos en mi espalda desde tu vientre, desde tu voz

Como tu mirada inolvidable que me recorre, que me palpa; hamaca donde se mece mi sueño susurrado al oído.

Tu amor descansa en mis ojos, se hace hombre; rosa incansable de mí, tu espera.

Mi mamá es la ciudad recorriéndome con sus calles. Cada encuentro de esquinas es un recuerdo para el vaivén de mis satisfacciones y penas,

Ay madre, donde quiera    

que voy, el pavimento tiene

el color de tu silencio, de tu

tristeza, de tu dolor.

Esta muchedumbre de gente tiene la edad de tus años, esos niños oscuros y descalzos hacen llorar el tiempo y su corazón; y mis lágrimas se arrodillan para secarte ese mar con que callas.

Madre, el martillo de la muerte caerá sobre mí, su golpe será tan fuerte que mis ojos y mi cuerpo se romperán, tan frágiles como todo cristal humano. La sonrisa de un beso que duerme me resucitará... Y volveré contigo madre, a tu vientre.

El pelo suelto y negro de mi madre... La noche y una calle solitaria en manos de la lluvia. Un olor a flores marchitas, un niño de agua me mira desde su lágrima.

El frío pasa diciéndome adiós, una esquina levanta sus ancianos brazos, los minutos corren como basura presurosa por el suelo.

Una barca de luces y viento, navega, pasa y se detiene frente a mis ojos, es el cielo y tengo que subir para continuar la vida de esta muerte.

Mi mamá fue al río del tiempo a lavar sus días y su destino, pero no había río, ni destino, sólo silencio, sólo olvido. Sin río no hay agua, ni travesuras, ni color verde, ni horizonte, ni sol, ni mañanas.

Sin tiempo y sin vida, sus ojos se secan, tienen sed. Y su voz bebe amarga soledad de la tierra.

Ella regresa... Una rosa sonríe en el jardín.

Con mis ojos, salí de tu sonrisa. Con mi voz, salí de tu boca. Con mi cuerpo, salí de tu suavidad. Con mis manos, salí de tus besos. Con mi nombre, salí de tu vientre.

Con mi vida, salí de tu corazón.  Con mis latidos, salí de tu luz. Madre, con mi silencio, salí de tu alegría, pero nunca perdí el camino de regreso.

Bajo una piedra hay un arco iris. Debajo del arco iris hay una sonrisa. Bajo la sonrisa hay un niño. Debajo del niño, hay un corazón. Bajo el corazón hay unos latidos.

Debajo de los latidos hay una vida. Bajo esa vida hay un hombre. Y en la cima de ese hombre hay una mujer de toda la vida... Usted mamá.

Hay mujeres de beso. Hay de cama desnuda, de noches con caricias de luna. Hay mujeres de manos prohibidas, de suave licor en la boca, de piel de fuego, de cuerpo sediento que a la pasión invoca.

Hay mujeres íntimas del abrazo, de sexo, piernas y senos; de cintura con sabor a desenfrenos, de éxtasis y ojos cerrados. Son mujeres que seducen como el aire y que pasan sin entrar en mí.

Ojos afuera, de la puerta donde vivo y muero, hay una luz sonriendo en cada sombra, y usted, que está en todas partes, me habla desde las cosas. Como voces por el suelo, sólo yo sé lo que dice el silencio.

El tiempo, pelo negro y mojado, es un niño jugando a subirse por el sol. El frío y la tristeza es una acera durmiendo como anciano.

Mamá... A pesar de los agujeros en la sangre, sobrevivo, y al regresar a mi sonrisa, que es la de su cara con la mía, vuelvo a ser la mano que sueña, el corazón en su sitio, la casa orgullosa.

Mamá... Yo no busco la rosa para quedarme en las manos que nunca me olvidan, ni quiero encontrar las lágrimas que le hagan surcos en los ojos.

No subo a la estrella para iluminarle la noche más negra de su soledad, tampoco quiero ser la palabra que haga llover de su techo dolores.

Esta poesía que no es mía ni suya, quiere darle el pan de cada día, un abrazo para sentirme necesario.

¿De qué sirve el amor si no hay una madre y su mirada?

¿Si no hay un techo para poder soñar?

Entonces lo suyo y lo mío se vuelve tan pequeño, que parece un soplo... Esos que desaparecen como niños en invierno.

La mariposa del viento me trajo su nombre. Volaba descalzo con alas humanas de cuatro letras, voz traviesa posándose en mis oídos

Mis ojos conocen a quien me ama y se quedó en la boca, para pronunciarlo con una lágrima cuando caigo o vuelo, para besarlo con mi sonrisa si me alegro...

Mamá.

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