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El
propósito de este breve ensayo no es el de hablar de poetas o
analizar detenidamente poemarios, tampoco el de lanzar mi
propuesta teórica literaria o poética o política; se trata
tan solo de resaltar unos cuantos rasgos temático-estéticos
que como lector he ido hallando en jóvenes poetas a cuyos
poemarios he ido teniendo acceso en estos años. El corpus que
he delimitado comprende a poetas que han surgido en Lima a
partir de la década del 90. Esto no quiere decir que dichos
rasgos sean de exclusividad de los poetas surgidos en dicho
corpus. Los hay en anteriores promociones de poetas, muchos de
ellos llamados consagrados que se caracterizan por su renovación
constante y experimentalismo. También es importante señalar
que si marco una frontera en el año noventa, es por cuestión
de convencionalismo. Me interesa tratar de ver la poesía
peruana, sobre todo en el presente texto, desde otros enfoques
alternativos que no apelen a términos como generación o a los
contextos sociológicos. Y si es que sólo nombro a poetas limeños
o que radican en Lima, es por el lastre centralista del
que solemos pecar.
Es
notorio que en la poesía actual hay una diversidad de líneas
poéticas o estéticas que se van afianzando unas más fuertes
que otras. En la institución literaria, y no sólo en nuestro
país, ha habido cambios que hacen difusa la vista al panorama
nuevo que se nos presenta. Esta suerte de anarquía del gusto
(por decir lo menos) ha traído inevitablemente más de una polémica.
Las razones pueden ser varias, desde el hecho de que ya no
exista una política cultural (ni siquiera demagógica) de parte
del Estado, o por la caída de la Unión Soviética, o la política
neoliberal de nuestros regímenes, o la globalización, etc.
Luis Fernando Chueca, en un bien sustentado ensayo (1), propuso
nueve “espacios” poéticos en los 90: 1) el del poeta
maldito-urbano, 2) el espacio sub-urbano y popular, 3) el del
coloquialismo y el discurso de la cotidianeidad, 4) el de la
veta culturalista, 5) el del coloquialista cotidiano y
culturalista, del sujeto autobiográfico que recupera la memoria
familiar, 6) el espacio de ritualización, 7) el del lirismo
extremo, desrrealizándola, 8) el de la construcción arquitectónica
que diseña un recorrido, un lenguaje que tiende al barroquismo
por su recargameinto y los diversos registros que articula, y 9)
el de la libertad total de la palabra. Chueca también señalaba
la fuerte (o única) tendencia hasta la década del 80 de la
vertiente del coloquialismo (proveniente de la influencia
anglosajona en los 60). Ha habido diferentes debates en torno a
este tema como aquella conversa que se publicó en la
revista Brújula (2) hace poco, en la que estuvieron también el
mismo Chueca, Mauricio Medo, Frido Martin y Willy Gómez.
A
continuación señalaré siete rasgos de la poesía más
reciente. No podría decir que son de exclusividad de estos
tiempos, pero sí que son importantes, a mi parecer, para
entender lo que se está haciendo hoy. A partir de estas
nociones es que como lector accedo a esta diversidad de líneas
o “espacios” de lenguaje. Los ejemplos provienen de trece
poetas que radican en Lima; el asunto de si son de provincia, si
son hijos de migrantes o de algún planeta desconocido, no es
tan importante para el asunto de este breve ensayo: son diez que
han aparecido en los 90, cuyos versos han sido extraídos del
poemario más reciente; más dos que pertenecen a este nuevo
milenio; y uno sin referencia temporal, quien aún siendo el de
mayor edad, conocido más a través de sus fanzines y en la
cultura subterránea, acaba de publicar su primer libro.
El
primer rasgo tiene que ver con la esencia misma de la poesía,
con el lenguaje, específicamente con la palabra. La palabra vacía.
Para el cual cito algo dicho por Mario Montalbetti en una
entrevista reciente (3): “Creo que el amor está
sobrevalorado. En el fondo, términos como amor -al que se puede
agregar patria, niño, Dios- son huecos. Tienen solamente lo que
te atrevas a ponerles, que en la mayoría de casos es casi nulo.
Y esos son los que comienzan a hablar como los significantes
'amos', es decir, aquellos significantes que por su propia
vaciedad sirven para dominar y para erigirse como nudos de
significado. Decir algo directamente sobre ellos es muy
peligroso, porque se está diciendo algo sobre algo que no tiene
densidad semántica.” Aquí Montalbetti menciona la palabra
“nudos” que nos remite al poeta peruano que más ha denotado
el vacío semántico y poético, que ha hecho del vacío el
significado mismo de la poesía: Jorge Eduardo Eielson.
Cito, en el caso de los 90, unos versos de Contra la ausencia
(4) de Ericka Ghersi: “Aquí estoy vacía. No quiero que la
palabra/ escape de mi posibilidad de aprehenderla. Necesito/
hablar, necesito hablarte y al mismo tiempo, amo el/ vacío
tomando la nada, amo la posibilidad de poseerme/ como tu única
realidad.”
En
Carne de mi carne (5) de Johnny Barbieri también hallamos esa
exploración interna del vacío, la mirada hacia adentro, en ese
agujero de la libertad sin restricciones donde la poesía todavía
se puede permitir ser: “Hay un gran vacío creciendo ante
nuestros ojos/ un gran lago con cisnes de cristal/ un sucederse
después de cada paso/ Si hablas hacia atrás/ mira las paredes
que han alcanzado sus manos/ si hablas hacia atrás/ escucha
cuando la noche acorta la distancia de estas paredes...”
El
segundo rasgo es el metalenguaje o la metapoesía en lo
neobarroco o neobarroso. Aquel que proviene de un nuevo
ordenamiento alternativo al discurso racional del lenguaje,
un nuevo lenguaje que se rebela a la tiranía de la gramática y
la semántica, y a la separación fundacional y mítica del
orden y el caos, como el neobarroquizmo tropical de Lezama Lima.
El poeta español Francisco Pino decía (6): “El poeta huye de
lo que opera gramaticalmente, porque intenta una vida superior a
la del idioma. La poesía no limpia, no fija ni da esplendor. Es
lo contrario del lema de la Real Academia. No fija: quiere
desarraigarse y ser volátil. No limpia, porque quiere
desarraigar la palabra de la gramática (piense en los
anacolutos de San Juan de la Cruz, piense en César Vallejo),
quiere liberar la palabra de su semántica. No da esplendor,
porque busca la verdad y la verdad está tanto en la fealdad
como en la belleza (...) Lector y poesía deben estar solos. La
poesía es la huida de lo que llamamos vida (lo económico, lo
jurídico, lo social) a un paraíso de libertad y felicidad, la
poesía es por ello anárquica y revolucionaria.” En Por la
boca muertos (7) de Rodolfo Ybarra leemos estos versos:
“Palabras tragadas a esfuerzo con resabios de saliva
glutinosa./ Palabras que no caben en la garganta y cual bolo
alimenticio/ mal tragado tenemos que expulsar para volver a
tragar/ en una mecánica que no admite posibilidad de renovación/
sólo deterioro.” En este conjunto de poemas, Ybarra va
deconstruyendo, un tanto tanático, la retórica poética clásica
a través del tema de la enfermedad del cuerpo.
El lenguaje se torna obscuro en muchas partes. Lezama Lima decía:
“Hay la poesía oscura y la poesía clara (…), en definitiva
ni las cosas oscuras lo son tanto como para darnos horror, ni
las claras tan evidentes para hacernos dormir tranquilos. Lo que
cuenta (…) es el eterno reverso enigmático, tanto de lo
oscuro o lejano como de lo claro o cercano. La tendencia a la
oscuridad, a resolver enigmas, a cumplimentar juegos
entrecruzados es tan propia del género humano como la imagen
reflejada en la clara lámina marina, que puede conducirnos con
egoísta voluptuosidad a un golpe final, a la muerte. No hay que
buscar oscuridades donde no existen". En Teoría Angélica
(8) de Jimmy Marroquín, poeta arequipeño que radica en Lima
actualmente, leemos: “la evidencia virtual pulsátil de la
Palabra/ que insaciable me evidencia y me devasta.”, y más
adelante: “Qué vistosa mentira, mi carne en temblorosa
espera,/ la cópula tortuosa y el desenfado de su liviandad/
angustiante: vasta, prologal impudicia de la nada,/ mientras
afuera tal vez llueva/ o una agobiada alba se cierne en la
ruinosa/ complicidad de estas calles que me disuelven y te
nombran.” En esta poesía de tedencia barroca hay una
preocupación casi común de tratar el tema de la decadencia, de
las ruinas y el deterioro.
El
antidiscurso, la intertextualidad, la polifonía. Para este
rasgo cito el fragmento de un texto inédito (9) del poeta
peruano-argenino Reynaldo Jimenez: “el poema no surge para
proponer una opción (acuerdo o desacuerdo), pero tampoco
integra el coro de los ajustes al Nuevo Orden Mundial ni obedece
programáticamente, bajo comportamiento asignado, los decretos o
dictámenes de ninguna hipótesis, glosa, interpretación o
preceptiva. No es infrecuente, por esta vía, que una poética
realmente «nueva» (en la medida en que se haga cargo sincrónicamente
de las tradiciones a la vez que de su permanencia en lo
desconocido, o sea el presente con su indeterminación) proponga
otras maneras de leer (nuevas tal vez de tan antiguas). Las poéticas
que no responden a una programática, no se dejan subestimar por
los pactos de lectura al uso (incluyendo las neoconvenciones
centradas en el supuesto de transgresión o las «historias de
vida» con que suele promocionarse a los autores-personajes), tác(t)icamente
acordados entre las partes interesadas en el mantenimiento
exclusivo de unos patéticos prestigios, fundados en infinitas
discriminaciones y prejuicios alimentados como sabuesos al
interior del deseo, dentro del estado de cosas, de lo que hemos
llamado, hasta ahora, Cultura.” Las constantes citas a otros
textos, el diálogo polifónico, donde se entremezclan ideas
contrarias, y el afán de romper con el discurso univocal
constituyen este rasgo. “Hemos ganado el mundo hasta quedarnos
mudos”, dice Víctor Coral en Cielo estrellado (10). “Pero
le doy la vuelta a gracián/ a foucault a patty smith/ y digo/
_bien pretencioso:/ el cuerpo es la cárcel del cuerpo/ el alma
es la cárcel del alma/ y no explico nada porque/ contengo todas
las ideas/ y todas las miserias/ en mi colón”. El
anti-todo-gran-discurso de Cielo estrellado cuestiona en su
neo-discurso toda noción de relato totalizante. Para este fin,
la ironía es una de las mejores armas. Cito fragmentos: “de
antiguo no había nada light/ si eras religioso lo eras/ si eras
un héroe lo eras/ si eras un asesino lo eras”, “y el saber
se alejó del silencio/ ofidio infiel que persigue la luz/ y el
error se enroscó en nuestros cuellos/ como la última joya del
nilo”, “mejor es hablar del mañana con sus pezones de plástico/
sus úteros de ideas enfrascadas en monitores calientes/ su maraña
de cabellos galvanizados y coloridos/ conectándose entre ellos/
formando redes que comunican/ lo comunicable/ y nos llevan
navegando a ninguna parte”. La prosa poética, a modo de crónica,
de Ricardo Quesada en su reciente Blue moon of Kentucky (11)
también nos ilustran al respecto: “fregada situación como
diría mi querido amigo Guillermo al que hace tiempo no escucho
derramar su surrealista-alucinada-mística-mítica-ulkadiana
poesía por las calles de Lima... lo punzante para los
afroamericans que tan petulantes se comportan a veces con los
extranjeros ó migrantes latinos es que el noventa por ciento de
estos vagonches son negros: negros durmiendo en los parques bajo
rumas de sucias cobijas: negros en las esquinas de los fast food
como el Mc Donald’s ó el Burger King”.
Para
cerrar esta parte que competen al ámbito del lenguaje poético,
cito unas palabras extraídas de una entrevista (12) al poeta
chileno Raúl Zurita; al preguntarle sobre la poesía de
Nicanor Parra dijo: “La obra de Parra es fundamental y excede
creo el campo de lo meramente literario. La antipoesía apela a
la democracia irrecusable del habla, a su propiedad comunitaria
y compartida. La eliminación de las jerarquías del habla junto
con liberar toda la potencia creativa del lenguaje, todo su
poder desacralizador y a la vez encantatorio, nos hace ver un
terreno común donde los seres humanos, al igual que sus
palabras, carecen de jerarquías y por ende son profundamente
iguales. Las desautorizaciones que aún siguen haciéndoseles a
sus artefactos, por ejemplo, que son meros chistes por ejemplo,
han tenido siempre en común la idea de una jerarquía del
lenguaje al que se le ve como un reflejo de la división
“natural” de los hombres en clases. Pero precisamente ese es
el papel simbólico y subversivo que cumplió la antipoesía:
liberar a las palabras obreras, aquellas que cotidianamente
fundan la vida de los seres humanos, de la sumisión que les
imponen las palabras sagradas. Ni más ni menos que eso.”
El
cuarto rasgo es la irreferencialidad o la irrealidad y los sueños.
Si es cierto que la poesía habla de la realidad, su propia
realidad es otra que no sabemos dónde está. En unos se funda
en la cultura o en los mitos, en otros en el mismo arte o en la
pura imaginación, en otros sólo en las palabras: Diego Lazarte
en La Clavícula de Salomón (13) nos remite a una conocida
tradición literaria, y desde esa lejanía busca asirse a lo
contemporáneo vacío, que es el no-fundamento, o fundamento sin
fundamento de la posmodernidad. Dice: “La palabra nacida de
una costilla/ Se notará desnuda/ la muerte la cubrirá/ La
muerte los cubrirá/ Mi piel y mis palabras quedándose en estas
páginas/ La madre de mi lenguaje/ visitándote lunar/ Abre tus
sueños con sus garras”, y más adelante: “Elegida en la
destrucción/ Palabra/ No voltees a verme y aléjate del
mundo”. Nos preguntamos entonces ¿de qué conocimiento nos
valemos para definir lo que es real o irreal? ¿O lo que es
verdad y mentira? ¿O qué importancia tiene el conocimiento
para definir lo real, cuando podemos anticiparnos a la realidad,
cuando podemos crear la realidad, llámese virtual? Miguel
Malpartida en Galería (13); nos hace ver unos cuadros, traduce
aquella ilusión de realidad y belleza de los cuadros a la
realidad y la belleza de la poesía, y en lo poco que puede
haber todavía de verdad en ella: “Mi cuerpo entonces se torna
suspiro, y los barcos, los grandes trasatlánticos que llevan
miles de ojos a bordo nunca me encuentran en cuanto isla maciza
o bruma superficial que cabalga los aires, salvo en sueños
febriles de camarote que se desgastan después en la taberna,
hasta convertirse en mitos deformes.”
El
futuro vacío es el quinto rasgo. Es la mirada que no encuentra
un saber definitivo o certeza, que no ve horizonte; pero que,
sin embargo, no es incertidumbre, ni trae nostalgia, ni causa
tragedia, ni tampoco es la preocupación central para hacer
soportable la vida. Carolina Fernández, en Una vela encendida
en el desierto (14), dice: “por favor por favor si alguien
sabe qué es el futuro por favor/ dígamelo- es una leyenda? A
veces sueño con una casa frente al mar/ y que despierto con un
beso –será esto el futuro del futuro?”, y más adelante:
“yo ya no sé lo que es real/ o/ lo que es mentira/ bailemos/
en un hilo cuelgan las palabras/ buitres se atosigan”.
Victoria Guerrero en El mar, ese oscuro porvenir (15), también
nos ilustra: “esposo mira/ la oscura edad de dios se ha
abierto ante mis ojos/ he puesto sal en mis párpados/ porque la
luz del futuro me cegaba”. Y, volviendo a Roldofo Ybarra:
“Tacho mi futuro porque el hoy es el mañana que pasó,/ el
pasado vuelto y muerto./ No sé de mis predicciones. No sé de
mis líneas quirománticas/ pluscuampérfectas sólo sus garras
zambullidas en sangre arañan/ lo no visto y desde el interior
se van rajando las paredes.”
El
sexto es la no-utopía, leemos otra vez en Ybarra: “El
derrumbe de mis utopías se ha resanado./ Nada indica que el
dolor suavizará su presión./ ¿Humano es el desorden para
entrar en la raya muerta?/ ¿En la desesperación todo encuentra
su orden no buscado?” Y volviendo a Barbieri encontramos
estos versos: “soy la noche/ soy la noche que ardió en un pájaro
para darse luz/ que voló una tarde de otoño alrededor de sí
mismo/ que tuvo una utopía como muchos/ que creía en Dios/ que
era feliz a pesar de todo”, y más adelante, haciendo alusión
a la famosa caída de las utopías: “En mi sala hay muebles de
cristal/ una mesilla de mimbre/ dos candelabros/ y una utopía
despedazada tirada por el suelo”. La poetización de lo social
(de lo histórico, lo que está afuera del ámbito privado, a
diferencia de los dos autores antes citados) está desarrollada
en la poesía de Roxana Crisólogo y Willy Gómez. En Animal de
camino (16) de Crisólogo leemos: “No me ahogaré/ no moriré/
pero tampoco voy a ningún lado/ Es el purgatorio”. Y más
adelante: “para habitar lo inhabitable no basta con instalar
antenas/ Arrojada al paraíso que las linternas indagan con sus
ojos ciegos/ de un más allá utópico que no sólo los fanáticos
prometen”. En este poemario Crisólogo nos habla de la
globalización, de viajes en perpetuo exilio, de ciudades apocalípticas
y desintegradas. En Nada como los campos (17) de Gómez el tema
es el Perú; leemos versos como: “suavemente en el lecho
del país refulgente/ van brindando las bucólicas una antigua
muerte/ y ante el hechizo hay desnudez de tierra prometida”,
“desnudez de tierra prometida” o no-utopía es casi lo
mismo. Si algo se ve del futuro, es sólo la continuación del
deterioro que es el presente. Dice: “entre la pureza y la
destrucción/ también un país en la inmensidad desapareciendo/
desde que empieza su vana ascensión/ como un viejo tiempo bíblico/
y con palabras que debemos acabar antes de la fortuna/ del
tiempo de nuestro precipicio.” O en estos versos aún más
denotativos: “La mirada re-construye espacios, sepulcros del
deseo/ y ese mundo se forma de soledad, también, en la utopía
de un paraíso”, “Aquellos seres bajo el agua que creen en
el futuro, ah nuestros padres, dicen/ ver cielos que se abren
sobre el camino de la levitación,/ y renuncian a una
profundidad oceánica/ con el cuerpo de este campo roto.”
El
último rasgo es la purificación o la expiación. En Lesley
Gore en el infierno (18) de José Carlos Yrigoyen leemos estos
versos: “te preguntas por este tardío deseo de mantenerte
casto,/ justamente hoy que estás aquí,/ desvestido y sudoroso,
ya sin nada bueno que decir.” Si explicaramos estos versos
empezaríamos por preguntarnos por qué lo tardío. O mejor
dicho empezaríamos por responder o aclarar el asunto de por qué
vino tarde aquel deseo. Y lo último sería tratar de explicar
por qué ese deseo de mantenerse casto se relaciona con el hecho
de que el sujeto ya no tiene nada bueno que decir. O en todo
caso, ir a lo central de sustentar la idea de que la castidad
puede implicar una pureza del habla, y que por ello _ en lo
enunciado en estos versos, en el uso de la lengua, en el
“decir” _ se ha producido una ruptura en aquel hablante, y
que es tarde para repararlo. Es una aparente moral lo que
aparentemente está en juego en estos poemas. Más adelante
dice: “No eres para ella/ más que el reflejo engañoso del
plateado pez/ que alguna vez sacaste de las frías
profundidades/ para luego liberarlo y hallar en ese acto una
sombra piadosa. Aquí no encontrarás a nadie que te
consuele.” Aunque no hay nadie que nos pueda consolar, un ser
supremo, se espera poder recuperar cierta felicidad perdida,
aunque la felicidad sea sólo una ilusión, otra apariencia.
Dice: “Pero el tiempo de lamentos ha terminado y aquí seguiré/
el resto de la noche si es preciso,/ hasta que el mundo recobre
la gracia de la que alguna vez/ estuve convencido”. La
purificación es individual, como el ámbito de lo moral:
“Pero hoy, con mi definitiva desnudez entre los dedos,/
sentado en el suelo, frente a la ventana, escribiendo/ bajo una
luna que no tiene ninguna intención de perdonarme”. Y luego:
“buscarla sin importar perderme por esta ciudad,/ por estas
avenidas donde nadie me reconoce,/ pues entre sus brazos desperté
purificado”, “Entramos juntos y prometiste que salvarías mi
alma. Y lograste redimirme hasta que ya no pude respirar.” Y
finalmente: “ciudad suspendida en la esperanza de poseer algún
día/ la breve alegría de un sueño favorable donde pueda
encontrar/ el reposo que la libre de sus malos pensamientos”.
En la prosa poética de Quesada también vislumbramos esta
búsqueda expiatoria, este anhelo de purificación, igualmente a
través de la urbe marginal y de lo censurado, y en la
interculturalidad de las sociedades de hoy, como herencia de la
poesía beatnik. Recodemos que los beat gustaban llamarse beatíficos
o angélicos. Este libro de Quesada, por otro lado, pertenece a
un nuevo campo temático de libros que tratan de un choque
cultural, de cierto tipo de exilio, de migraciones que últimamente
los poetas realizan a los Estados Unidos. Están los libros,
entre otros, Mundo arcano de Paolo de Lima, Liturgias
clandestinas de Rocío Uchofen, El polen de los helicópteros de
Nelson Ramirez, el mencionado de Victoria Guerrero y el de
Ericka Ghersi, por no nombrar a poetas anteriores como Mariela
Dreyfus, Oswaldo Chanove, Róger Santibáñez, José Antonio
Mazzotti, Eduardo Chirinos y Miguel Angel Zapata. Nos dice
Quesada: “La calle Jefferson en el downtown es una de las más
transitadas y/ requeridas por la noche:/ Vagabundos _ alcohol _
dinero sucio _ borrachos perdidos _ putas _/ botellas rotas _
aroma ácido de lo prohibido/ Axilas excitadas siempre y todo
con su respectivo bourbon y tabaco/ road road road.../ Y
esta mañana el bus apesta a alcohol y a ese perfume extraviado/
de lo buscado sin/ Satisfacción final:/ lo buscado nunca dado a
pesar de...”
Basándose
en Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino,
Rafael Fuaquié de Venezuela (19), nos habla de cinco puntos que
caracterizan la literatura de hoy: 1) la excentricidad, que
consiste en el desvanecimiento o el desbordamiento de los límites,
el tratamiento de lo fugaz, de lo transeúnte y pasajero. 2) La
devastación, que se simboliza con el desierto, es lo vacío, lo
arrasado. 3) La violencia, que proviene de la desesperación y
el oportunismo. 4) La virtualidad, fundamentada en la mitología
de la representación y en la veracidad de la representación. Y
5) la globalización, constituída por el espacio
hipercomunicado, como tensión y como equilibrio precario, que
vista positivamente puede servir para la solidaridad necesaria
entre los hombres. Estos cinco puntos pueden servirnos, en otro
trabajo, para rastrear los proyectos poéticos de la actualidad.
Están relacionados con los seis rasgos vistos arriba, algunos
son los mismos, otros se complementan.
Apolo,
invierno, 2004
(Leído
en el Encuentro de Poetas y Escritores en Chiclayo)
Notas
(1)
“Consagración de lo diverso. Una lectura de la poesía
peruana de los novent”. Apareció en Lienzo 22, Universidad de
Lima, 2001; pp. 61-132.
(2)
Brújula es una revista que se distribuye vía E-mail. Está
dirigida por el escritor Isacc Goldemberg y el poeta Mauricio
Medo. Se hace mención a la entrevista aparecida en el número
11.
(3)
Entrevista a cargo de José Gabriel Chueca para el diario Perú
21.
(4)
Erika Ghersi, Contra la ausencia. Lima: Ediciones El Santo
Oficio. 2002.
(5)
Johnny Barbieri, Carne de mi carne. Lima: Ediciones Noble
Katerva. 2002.
(6)
“Lector y Poeta están solos”, entrevista aparecida en La
República, Suplemento Domingo, 26 de enero de 2003.
(7)
Rodolfo Ybarra, Por la boca muertos. Coautoría con
Gonzalo Portals.Lima: Ediciones Duodeno. 2002.
(8)
Jimmy Marroquín, Teoría angélica, Lima: Ediciones Copé,
2001.
(9)
Este texto del poeta Reynaldo Jiménez está inédito.
Corresponde a un prólogo que hizo para un libro (aún inédito)
de compilación de ponencias de poetas del noventa que
participaron en el Encuentro de Poetas “Los Paraisos
Radioactivos” que realicé junto a la poeta Rosario Rivas en
el C.C. Antares, Artes y Letras, el año 2002.
(10)
Víctor Coral, Cielo estrellado. Lima, Ediciones El Santo
Oficio. 2004.
(11)
Ricardo Quesada, Blue moon of Kentuky. Lima: Hipocampo Editores.
2004
(12)
“La Poesía es un Desierto Florecido”, Entrevista a cargo de
Miguel Ildefonso, aparecida en la revista Distancia
Crítica, # 3, Lima, 2004.
(13)
Diego Lazarte, La clavícula de Salomón. Lima: UNMSM. 2003.
(14)
Miguel Malpartida, Galería. Lima: Dedo Crítico Editores. 2002.
(15)
Carolina Fernández, Una vela encendida en el desierto. Lima:
Derrama Magisterial. 2001.
(16)
Victoria Guerrero, El mar, ese oscuro porvenir. Lima: Ediciones
El Santo Oficio. 2002.
(17)
Roxana Crisólogo, Animal de camino. Lima: Ediciones El Santo
Oficio. 2001.
(18)
Willy Gómez, Nada como los campos. Lima: Hipocampo Editores.
2003.
(19)
José Carlos Yrigoyen, Lesly Gore en el infierno. Lima: Cepo
para nutria Ediciones. 2003.
(20)
Rafael Fuaquié. Extraído de Página Web.
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