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Hay artes que por su esencia misma, por la
estructura íntima de su materia pertenecen al espacio. He dicho
materia y no me arrepiento. Es el hombre de espíritu el que ha
de reivindicar a la materia, cantar su epitalamio, las bodas de
la consistencia, del contorno y del peso con los sentidos; las
nupcias jubilosas del electrón y el átomo con el pensamiento
liberado del hombre. La conquista más plena del materialismo
superado en esa poesía de Pablo Neruda en que la madera, el
vino, el apio, el limo y las ostras cobran un relieve inusitado
y nacen otra vez para el salto de nuestro asombro.
La arquitectura pertenece plenamente al espacio, la música al
dominio del tiempo, sin dejar en cierto modo de realizarse también
en el espacio. Una y otra se completan en la danza y se
sintetizan en un arte único, singular, diferente. Si se dijo de
la arquitectura que es "música congelada", la danza
es arquitectura dúctil en movimiento; música viva y cálida;
fresca llamarada en la cual los instantes de reposo grácil
corresponden a los silencios de la música escrita y ejecutada.
Proporción justa entre el reposo y el movimiento, entre la aérea
geometría y la ponderada gravitación. Por la danza el cuerpo
humano se expresa plenamente como en el día del génesis. Adán
se mira a sí mismo asombrado. Descubre el hombre sus potencias
más auténticas y el poder de su imaginación sobre el barro
carnal. Así se penetran la religión, la música, la plástica
y aún el instinto de sociabilidad.
El primer hombre y la primera mujer que danzaron, fueron sin
duda los más perfectos, los más auténticos danzarines, porque
sus danzas no se parecían a ninguna otra; no había punto de
referencia para la crítica. La crítica viene después. La crítica
es una flor de decadencia; un fruto impotente y tardío que le
nace al hombre hastiado que ya no puede danzar ni con el
pensamiento, pues en el pensar filosófico y en el puro fluir poético
hay danza, hay plenitud de cosa que se busca y que quiere ir a sí
misma, a su color más puro por todos. Los caminos que conducen
a nuestro absoluto interior. Rainer María Rilke, poeta de
plenitudes, rico espíritu musical, con movimientos de ballet y
danza natural aun tiempo; hombre delicado y solitario, ajeno a
todo resentimiento, estampa estas palabras definitivas en la
primera de sus "Cartas a un Joven Poeta":
le n'entrerai pas dans la manière de vos
vers, toute préoccupatión critique métant étrangère.
D'allieurs, pour saisir une ouvre díart, rien n'est pire que
les mots de la critique. Ils n' aboutissent qu'a des
malentendus plus ou moins heureux. Les choses ne sont pas
toutes a prende ou a dire, comme on voudrait nous le faire
croire. Presque tout ce qui arrive est inexprimable et
s'accomplit dans une région que jamais parole n'a foulée. Et
plus inexprimables que tout sont les ouvres d'art, ces êtres
secrets dont la vie ne finit pas et que cotoie la notre qui
passe.
El crítico es el revés del danzarín; la
anatomía desintegrada en la mesa de disección. Nada más
opuesto a la danza que un crítico.
En la crítica todo movimiento deviene una serie de fases
paralizadas, inconexas fotografías de cada gesto, como cuando
una cinta queda mal colocada en la máquina de proyección y la
pantalla nos ofrece ese cadáver fijo de la vedette en el
momento en que iba a llevarse a los labios una taza de té. El
movimiento pierde toda finalidad, se frustra, por decirlo así;
queda reducido a medio sin fin, y en este sentido de pura relación
es en el que se ha dicho que "el fin justifica los
medios", no que el fin exista para justificar los medios, sólo
para ser el servidor de una jerarquía inferior, porque no
olvidemos que hay jerarquías y las habrá mientras haya
existencia sobre la tierra. Pero las jerarquías también
evolucionan y la inquietud presente consiste en constituir el
mundo a base de jerarquías legítimas, estrenadas por la
historia.
Sin proponérmelo he puesto frente a frente crítica y baile. La
crítica es arquitectura sin música, y desde luego sin
silencio; arquitectura congelada, parálisis del canto, ya que
"el pájaro dejaría de cantar si tuviera que explicar el
canto". El único hombre con jerarquía para la crítica es
el propio artista, porque al introducirse en la obra de arte
llega a ella con recogimiento y humildad perfecta, con inocencia
e ignorancia confesadas; humildemente, sin dar importancia a las
palabras que son viento en el viento, dispuesto otra vez como el
hombre del medioevo a divagar sobre el número de ángeles que
caben en la punta de una aguja. Gracias al absurdo es que existe
la dialéctica, esa cosa que ha devenido en definitivo rigor y
utilidad. Gracias al absurdo del hombre medieval visto por
nosotros cómodamente a mil años de andar científico y gracias
a ese otro absurdo del hombre renacentista que balbuce o enuncia
la redondez de la tierra, absurdo visto por el hombre antiguo y
verdad cotidiana vista por nosotros, no tanto por nuestra
capacidad de abstraer cuanto por esa fuerza diaria persuasiva
que nos coloca desde niños en la escuela una esfera pintada de
colores para hacernos entrar por los ojos antes que por la pura
inteligencia la idea de esa redondez. Propaganda geográfica de
buena o mala ley; pero en fin de cuentas Propaganda y pura
propaganda con mapas y láminas y con esquemas. A nadie se le
ocurre jamás dudar de la redondez de la tierra y sin embargo,
sería saludable dudar un momento, no tanto para negarla como
para comprobar por pura experiencia -sin dogma- aquello que no
aprendimos en el verdadero sentido de la palabra, sino que
aceptamos porque se nos puso a la mano sin el menor esfuerzo del
entendimiento.
Si pensamos que actualmente las teorías de la relatividad se
nos comunican o expresan a través de comparaciones, parábolas
y metáforas divulgatorias, advertimos que nada directo y
rigurosamente científico conocemos de esta ciencia los hombres
profanos. Lo que llega al valle hondísimo de nuestra ignorancia
es puro reflejo de relatividad, relativismo vulgar que nada
tiene que ver con aquélla. Con esas verdades físico-matemáticas
no podríamos encararnos sino a través de años de laboratorio
de estudio y de paciencia. No obstante concedemos un crédito,
una fe, a los hombres de ciencia y aceptamos que su verdad es un
paso adelante sobre lo que otros realizaron anteriormente. Esas
verdades carecen de utilidad aparentemente porque no las podemos
comer, ni acostarnos con ellas. No obstante que la redondez de
la tierra no se pudiera comer ni palpar voluptuosamente y que
pudiera parecer al principio concepto puro, ciencia distraída,
ello es que dio un nuevo giro a la vida del hombre. Lo geográfico
vino a ser mágicamente, porque la dialéctica también es pura
magia, un hecho económico con sus fases de tipo invasor
imperialista y su correlación revolucionaria. No pretendamos
darle a comer a los campesinos relatividad en lugar de pan; ni
tampoco cegar la mar de la ciencia y del arte puro con pedruscos
de una sola ciencia, parcial, unilateral y respetable, aunque
sean pedruscos de la mejor calidad económico-social.
Vuelvo sobre mis pasos. Yo adoro en la materia aquello que es
reflejo de lo incomparable, de lo inefable y divino. Voy a la
madera, porque sé que más allá de sus vetas y pulpa, en el
absurdo de sus electrones, en la vibración y en las
condensaciones del éter, cosas de prodigio a mi ignorancia, está
temblando un dios eterno y joven siempre; porque en el vino está
el trabajo de los hombres, el brazo y la pierna y el dolor; la
eclosión de rebeldía y el germen de la liberación. En todo
eso palpita un dios íntegro y danzarín que ha creado el
movimiento, y éste una dinámica que a su vez recrea a Dios.
No es posible creer aunque seamos religiosos de lo increíble,
en esa varita de virtudes que cambia de repente una cenicienta
en una princesa. En primer lugar, porque sería convertir una
cosa en aquello que le es irreconciliable, y, sin duda alguna,
porque es mil veces mejor ser cenicienta con plena conciencia de
su condición y de sus posibilidades de rebeldía que
convertirse en esas momias que son hoy las princesas, figuras
ciertamente irreales situadas en un mundo de espaldas a la
historia. El milagro grande, está en hacer de las cenicientas
una sola clase y salvarlas por el continuado ejercicio de la
comprensión de la realidad histórica, sin que una sola fregona
se quede envuelta en las cenizas o se convierta en esa otra cosa
en verdad cenicienta, empolvada y caduca que es una princesa de
la sangre, de su sangre y de la sangre ajena. Lo maravilloso
también evoluciona, o si se quiere, el sentido de lo
maravilloso. Puede comulgarse también con ruedas de molinos a
condición de que la comunión sea el trabajo. Y puede
comulgarse también con hostias consagradas, pues el sentido
religioso es algo privativo de cada individuo, si este sentido
no es un pretexto o una tangente para escaparse de los deberes
sociales.
¿Y dónde está Sergio Lifar? ¿Cómo realizar el milagro de
sacarlo como un grano puro de la paja de estas divagaciones? Un
silbido mágico nos devuelve a este hombre único en la historia
de la danza. Ya hemos dicho cien veces, mil, que no pretendemos
clavar su dinámica, ni anestesiarla en una seca mariposa, que
no venimos con alfileres ni lupas, sino que danzaremos con el
pensamiento al lado de él, sin hacerle la profanación de una
crítica más o menos mal entendida, esa crítica a la que el
genio de Rilke no pudo avenirse.
Un puntero imaginario se desliza sobre ese lindo cartel de
propaganda en colores que es el mapa-mundi y cae sobre un punto
en el mapa de Europa, una vasta región regada por el Dniéper:
Ucrania. La realidad, de espaldas a la especulación geográfica,
nos da una tierra específica, diferente de Rusia, con su lengua
y su literatura, sobre todo con su bella, fuerte y fresca música
popular que los artistas cultos aprovechan para sus mejores
decantaciones. En Kiev, su capital, nació Sergio Lifar, el 2 de
abril de 1905, si es que ya en posición de críticos no ponemos
también los datos biográficos en tela de juicio. Yo no tengo
un ápice de astrólogo, pero sé usar de la astrología con la
misma eficacia que sus auspiciadores, conociendo de antemano el
sujeto estudiado y manejando las esferas de tal modo que caigan
del lado de lo que deseamos probar, ayudándome de paso a pulir
el estilo. Digo, que a ese arco zodiacal comprendido entre el 31
de marzo y el 9 de abril, corresponden dos hermosas figuras simbólicas;
la una representa el salto, la acometividad, y se llama Aries,
el Carnero; la otra representa la fuerza silvestre, el azoro
primitivo, la gracia viril del movimiento. Es Taurus, el Toro en
la ornamental actitud de embestir. A uno lo domina el elemento
fuego, al otro el elemento tierra. Y yo no sé nada de sextiles
y semisextiles, aspectos y conjunciones, o no anda por aquí la
influencia de las salamandras, espíritus elementales de la
tierra, cuyo rey hace correr los siete metales en las venas de
la piedra.
Fuego y tierra, gravedad fuerte y gracia aérea, ninguno como
este joven danzarín ha sabido hacer de la danza una cosa viva y
telúrica, apasionada y cálida en que la grandeza divina se
funde a la agonía humana. El ansia de inmortalidad. La tierra
le da a Lifar ese sentido imprescindible de la gravitación que
hace que la arquitectura viviente y acabada de su constelación
muscular tome plena posesión del espacio, cabal conciencia de
la marcha, de la carrera y del salto en una síntesis de
sorprendente pureza artística. El elemento sutil del fuego le
aporta lo inefable y encendido del gesto, la indefinible gracia
de los movimientos, la huida, el hondo mensaje centrífugo.
Observa la cristalomancia que basta dejar caer la mirada serena
y sin esfuerzo sobre la esfera transparente haciéndola girar
con sosiego para que las imágenes se ofrezcan al vidente en una
dulce entrega, en amable abandono. Si me inclino ligeramente
hacia la bola de cristal, miro primero una nebulosa azul. Después
todo se va aclarando en una aurora de sonámbulos. Es el
instante de gracia, el minuto puro de la profecía. ¿Qué miro?
Miro la intimidad de una mesa, tal como la evoca el fino
dibujante Georges Ausberg con su lápiz agudo. Una mesa
alrededor de la cual un padre entomólogo, reúne a sus cuatro
hijos pequeños. Este hombre es el padre de Sergio Lifar. Dos
gatos de Foujita duermen sobre una estera, dos gatos hogareños
y sensuales, de electrizada piel, como aquéllos que se paseaban
con oriental sigilo por el cerebro de Baudelaire. Sobre la mesa
hay una caja de insectos disecados, una de esas cajas con un
cristal delante que todos hemos visto en el departamento de
propaganda de Historia Natural en las escuelas tradicionales.
Aquel hombre rodeado de sus niños no es un crítico literario,
sin embargo, tiene un microscopio entre las manos. No creáis
que esto no tiene que ver para nada con la biografía del pequeño
Sergio. ¿Sabéis lo que significa para un niño que nace bajo
el signo de Aries una pobre mariposa de alas fijas hasta quedar
convertida en el cadáver de una mariposa? El chico se angustia
porque no tiene entre los dedos otra cosa que un vuelo
tronchado. Una mariposa es una mariposa en tanto que convoca en
torno de ella a la luz, a las flores, a las hormigas ya las
alondras; en tanto que forma parte de la danza general de la
vida. Cuando se la arranca del espacio de oro para conducirla al
mundo de las momias, ya no es más que un simple gusanillo de frágiles
membranas a las que el polvo llama con insinuantes voces
oscuras. El microscopio define las patitas, analiza los
segmentos del cuerpo, la ingeniosa disposición de los ojos...
pero a Dios, es decir, a la misma mariposa no se la encuentra
por ninguna parte, exactamente como le sucede al crítico cuando
se pone a buscar al poeta en las palabras del poema.
Sergio Lifar y su hermano Leónidas, que más tarde deviene
aviador, se angustiarán ante esta frustración de vuelo que su
meticuloso padre les mostraba prendido a un largo alfiler en las
noches del hogar, los codos apoyados sobre la mesa, las miradas
escrutadoras. Mas durante el día vuelve a reír la vida. Viene
la primavera. Acompañan al padre por los campos indagando los géneros
y las especies curiosas, corriendo entre los arbustos, trémulos
al apresar en las redes una mariposa viviente, borracha de luz y
de rosas. Tarde de primavera en que el futuro danzarín siente
que sus piernas quieren revelarle algo, un querer que está en
ellas presente y escondido: una cosa impaciente que deja que la
inteligencia venga a descubrirla pronta y la ponga a su
servicio.
El muchacho echa a andar alguna que otra vez con un violín por
entre los trigos de Ucrania. Es un paseo solitario y jocundo a
la vez como si aquel periódico aislarse le nutriera.
Experimentaría la sensación que Arturo Rimbaud supo expresar
impecablemente en uno de sus primeros poemas:
Par les soris bleus d'eté j'irai dans les
sentiers
Picoté por les blés, fouler l'herbe menue;
Reveur, j'en sentirai la fraicheur a mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue!
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien.
Mais l'amour infini me montera dans l'âme;
Et J'irai, bien loin, comme un bohemien.
Par la Nature, -heureux comme avec une femme.
Y en efecto, para nuestro danzarín la
naturaleza es la amorosa amiga, madre y maestra. Lifar no hace
su educación coreográfica en la Escuela de los Teatros
Imperiales. Los venerables muros no apresan su niñez, los
gloriosos recuerdos no vienen a impedirle la espontaneidad o a
trazar límites y caminos a esa cosa sagrada que es el individuo
artista. Cuando ya su personalidad está formada es que va
voluntariamente a someterse a la disciplina del estudio, al
ejercicio regular de sus ricas facultades. Como acertadamente señala
J. Sazonova, "él no ha tenido que luchar contra los
recuerdos de la infancia, contra la reprobación de maestros
amados, como fue el caso de Fokine, que es el primero que alza
el estandarte de la revolución en el marco de la Escuela
Imperial".
Es así que ni padres interesados ni maestros deformados dirigen
a Lifar por el camino emprendido. El ballet romántico no ha
deformado su naturaleza, desarrollando mecánicamente un número
de músculos predeterminados que respondan de manera automática
a tal o cual resorte que los interpela. Ese olvido del cuerpo
como un todo armónico, como un conjunto, no tiene nada que
hacer con aquel pozo cuyo instrumento físico ha crecido íntegramente
para ser el vehículo de la más profunda emotividad regida por
un cerebro inquieto, indagador, inventivo, revolucionario.
Lifar hace la vida escolar de los demás muchachos no dedicados
exclusivamente al arte de la danza. Asiste al liceo como
estudiante y, alguna vez, en sus horas de ocio despreocupado se
escapa al campo a sentir el vivo contacto con la naturaleza. Su
ancestro nómada le lleva a estas excursiones. Pero no siempre
el muchacho artista se sume en un aislamiento huraño. La vida
de todo artista está hecha de huidas a sí mismo y de escapadas
a la vida. Este limpio juego de balanza -justo equilibrio- es lo
que mantiene el ímpetu creador, que a la vez es ansia
comunicativa y no puede permanecer encarcelado dentro del
individuo por muy vastos que sean los dominios del
"yo". El danzarín en ciernes, jubiloso de su
juventud, asombrado de su agilidad inédita se reúne con los
campesinos; uno de ellos sabe exprimir de su acordeón aires
populares plenos de fuerza y de frescura ingenua; los otros
palmotean. Lifar, calzado con sus altas botas de piel, libre
dentro de sus vestiduras regionales -como si estuviera desnudo-
salta y mueve los brazos expresivamente. Está asistiendo al
nacimiento de su propio arte como si volviera a asistir al
nacimiento de la danza eterna, al instante académico del arte,
porque no hay duda que cuando el barro se sintió carne y la
carne aliento del espíritu, el barro carnal se volvió grácilmente
al creador en un gesto que fue de poesía, de música y de acción
mimada, antes de que la hoja de parra y la palabra articulada
viniera a empedernirlo. Digo que aquel joven asistía al
nacimiento de la danza porque ésta, en sus orígenes, tuvo poco
más o menos este carácter de acción cantada, simultánea con
los movimientos del pie que siguen el ritmo, y de las manos que
acompañan subrayando la expresividad de la música.
Así se desliza esta vida silvestre de artista que se ignora y
que comienza a revelarse a sí propio antes que a los demás:
período de impaciente crisálida. Pero ya en esta misma época
-1917- algo más importante que un artista estaba a punto de
abandonar la oscura ninfa para ser realidad luminosa. Era el
pueblo de Rusia. Un pueblo danzarín por excelencia no podía
permanecer clavado en largos alfileres como las mariposas y las
libélulas del gabinete de Historia Natural, es decir, ahogado
por un pasado esclavo que le cortaba el vuelo del canto en las
alas mismas de la garganta. Rusia quería danzar una danza noble
que fuese natural; sencilla y rítmica como la marcha, como la
respiración misma. No es una pura coincidencia que dentro de un
mismo período histórico, en tanto que un país pugnaba por
llevar la justicia a vías de ensayo, su arte nacional -el
ballet- pugnara también por salirse de las severas reglas de la
escuela romántica. Sucede a veces que el paralelismo del arte
con la evolución social no es visible a simple vista,
exactamente como sucede con las células y las constelaciones.
Hay casos en que no es necesario forzar la indagación para
constatar dicho paralelismo. Y esos instantes en que un pueblo
quiere que se le dejen libres los pies y las manos, holgada la
garganta para que la verdad salga natural como una canción
bella, son los momentos en que la Muerte viene a danzar entre
los hombres, ese baile de belleza encendida que cambiara
bruscamente de sitio las cosas para ponerlas definitivamente en
su lugar.
La revolución social fue la danza general de la muerte. Dicen
que la sangre cansada de podrirse en las venas esclavas había
querido saltar y agitarse fuera de los cuerpos de los hombres,
de las mujeres y los niños: dicen que corría por todas partes
como una loca y que su mudez era más terrible que el más
espantoso de los gritos. Unas veces la sangre era sangre y nada
más que sangre -líquida y roja- pero otras veces se erguía
colérica en la punta de la cola como las serpientes y subía en
altas llamas reivindicadoras. Así como los hombres sufren la
ceguera blanca de la nieve, padecían ahora la ceguera roja de
la sangre. Ciegos y todo, veían la justicia futura con una
precisión tal como no pueden verla los hombres de la quietud y
del sosiego.
En los días de la angustia, del hambre y de la muerte, Lifar,
como la delicada Spessivtseva, la que ha de ser más tarde su
pareja en El pájaro de fuego pone a prueba el temple de
sus fuerzas físicas y espirituales en que el instinto de
conservación le dicta lecciones de acrobacia, rudos ejercicios
que, como dice Sazonova, "no tenían lugar en una bella
sala bajo el ojo benévolo de un profesor atento".
Un buen día nos lo encontramos vestido con el uniforme de
soldado de la armada roja, erecto el cuerpo, la bayoneta calada,
gallardo dentro de su gran abrigo, tal vez de centinela en un
puesto estratégico.
Vuelvo a hacer alusión a los dibujos de Ausburg, que nos lo
pinta en esta interesante etapa de su biografía en imágenes.
Llega la hora de relevo. Lifar camina por una calle de Kiev y
ahora sí que un destello súbito le abre la revelación de su
destino. Ha divisado a través de una ventana una modesta
escuela de ballet en plena actividad, mientras que discípulas y
discípulos realizan complicadas acrobacias, ciñéndose a las
indicaciones de una profesora y a los compases de un piano tal
vez desafinado. Es en el año 1921. Nijinsky fue una rara flor
del arte, algo así como una rara orquídea cultivada
cuidadosamente, siempre con vistas al fin de desenvolver todas
sus posibilidades técnicas. Lifar no conoce esta infancia.
Tiene que emprender ahora su educación artística, pero ya ha
aprendido mucho por el método natural que lo torna cada día más
y más vigoroso a semejanza de aquellos danzarines antiguos que
antes de entregarse a su carrera se dan a los más difíciles
ejercicios militares.
Admitido en seguida en el estudio de Bronislava Nijinska, Lifar
pierde pronto a su maestra que se marcha a París al lado de
Diaghilev. Otra vez vuelve a ser autodidacta, mas con plena
conciencia de lo que hace ahora. Su intuición poderosa y el
amor profundo por su arte suplen las dificultades y riesgos de
una preparación solitaria.
Durante la guerra europea y durante el período de la Revolución,
los rusos habían tenido oportunidad de devolver a Francia, como
un nuevo producto del genio humano, el arte del ballet. En el
siglo XVIII Rusia había importado de Francia un arte asaz
cortesano, un divertimiento excepcional de privilegiados, con
una tradición y una escuela demasiado sabia, con su retórica
de pasos y sus estrictas leyes regidoras. Pecour en 1674 había
dotado al ballet de un elemento inapreciable y ennoblecedor, el
del ambiente estético adecuado que contribuía a crearle
definitivamente una atmósfera. Un siglo más y Noverre, al par
que una obra coreográfica considerable, deja creada una teoría
general del ballet, de valor perdurable. Original e inquieto,
Noverre, sin destruir el pasado, se empeña en restituir a la
danza su imperio sobre el alma, salvándola de la
superficialidad de ser solamente un regalo para los ojos. Puede
decirse que hay una línea ascendente
Pecour-Noverre-Fokine-Nijinsky-Lifar, que marca con cada uno de
esos nombres las etapas de enriquecimiento y evolución de la
coreografía. No hay para qué decir que el arte importado de
Francia fue saturándose a tal punto del espíritu ruso que en
nada -salvo en lo esencial de todo arte- se parece al género de
danza que le dio origen. Cuando los ballets rusos llegan por
primera vez a Francia allá por el 1909 como un complemento
interesante de las grandes óperas -lván el Terrible, de
Dimsky, y El príncipe Igor de Borodine-, lo que despertó
la curiosidad del público francés más que el arte fue el
exotismo, lo étnico, lo pintoresco de un país apenas conocido.
La civilización había ido poco a poco haciendo su obra. Si el
ballet tuvo su primitivismo ingenuo, su momento mágico y su período
dramático llegando a la edad de oro, a su cima clásica, sobre
este clasicismo fuerte habría de venir a injertarse el ballet
romántico con sus concepciones alambicadas, su imperativa
geometría, sus mariposas y libélulas clavadas en el rigor de
los cánones. Deshumanizar, depurar y disecar fue la obra del
romanticismo en la danza. Pero, sobre todo, y en esto cargamos
el acento trascendente de estas páginas, el ballet romántico
quiso robar espacio al danzarín, le redujo a una línea casi
impalpable, a una cifra coreográfica envuelta en alígeros
velos, en blancas espumas; apenas esquema de humanidad, puro
artificio y negación de la gravidez. El peso aquí no existe,
el tiempo queda severamente pautado. Estamos así en el dominio
pleno de lo abstracto y de lo inmaterial. Y ya al inicio de este
intento hemos hecho el canto de la materia, su verdad y su
necesidad para el hombre dialéctico de hoy y para el hombre
humano de todos los tiempos. El bailarín ha de ser el hombre
del tiempo y del espacio; ha de existir viviente y divinizado
por su humanidad plena como un canto a la vida. Y así como la
arquitectura de hoy no disimula que el material sea piedra o
cemento, sino que lo ennoblece exaltándolo, la danza ha de
exaltar el milagro de la carne, el contenido trascendente del
salto que no niega la atracción del suelo y la resistencia de
la atmósfera, sino que vence a ambos con lo que el místico de
América José Vasconcelos designa por "intención del
alma". Expresando la materia, paradójicamente vuelve a
expresarse el espíritu. Recargado de alegorías, el ballet tenía
que buscar y reencontrar su rejuvenecimiento en la acción
goethiana, la que precede al verbo y es pensamiento dinamizado.
Claro está que no es posible tomar estrictamente estas
consideraciones sobre el ballet romántico en general para
aplicarlas a todas y cada uno de sus artistas. Pavlova,
Spessivtseva y Nijinsky, son las maravillosas e inolvidables
excepciones en que el genio se salva precisamente por serlo y
por la fuerza interior, por la "intención del alma"
que aportó a sus creaciones saturándolas de la encendida pasión
que negaba la misma escuela. Pero ya Pavlova, desde sus inicios,
estaba en el secreto de Fokine que buscaba "en nombre de la
verdad" los inmortales valores del ballet clásico y
reaccionaba contra el juego convencional de las "escenas
mimadas".
Es con la compañía que en 1909 debuta en el Teatro Chatelet de
París, que el arte del ballet emprende los nuevos derroteros
que hoy gracias a Lifar han dado con la reconquista del danzador
como ser humano libre de expresar sus pasiones y con el dominio
inteligente del espacio que reclama para moverse. Cintilan desde
entonces en los escenarios de Europa -de la América más
afortunada- figuras de la importancia de Miguel Fokine, la
Pavlova, Karsavina, Ida Rubienstein y Nijinsky, aquel milagro aéreo
apagado después por la demencia.
Arte de colaboración -al igual que el canto coral- en que el
hombre-abeja ha de poner a prueba su sentido de comunidad y de
simpática fruición aportando cada artista su gota mirífica;
nunca como en este período se entremezclan y cambian valores,
sin perder el propio, la música, la pintura, la técnica
coreográfica, la función del poeta y el aliento vivo, pasional
de cada cifra del ballet. Es el pintor Leo Baskt el que inventa
decoraciones y trajes allá por el año 1919. Fokine dirige la
coreografía. Bien pronto, a los nombres de los maestros clásicos
de la música y a los de los autores rusos, vienen a unirse en
los programas, nombres de músicos franceses que escriben
expresamente para el ballet con tal sinceridad, técnica
depurada y conocimiento de la orquestación, que, separadamente,
sus obras tienen un valor imperecedero, un lugar altísimo en la
música contemporánea, poniendo ésta a la altura de la danza,
ni sierva, ni soberana, ni por encima, ni por debajo de la acción
bailada. Un ruso contemporáneo aclimatado al espíritu francés,
Stravinsky, escribe las supremas páginas musicales de Petrouchska
y El pájaro de fuego. Estas obras con la Siesta de un
fauno de Debussy y Dafnis y Cloe de Ravel, son las
muestras incomparables de la elaboración con el ballet y al
mismo tiempo de la ilesa felicidad con que sale la música
ganadora para sí misma de una inédita riqueza rítmica, de una
originalidad que llegó a asustar a los cándidos que llevan
ojos a la espalda para no perder de vista el único pasado que
pueden ver, el inmediato.
El inquieto, sensitivo y delicado Cocteau esboza las líneas
generales del poema plástico que ha de ser El tren azul,
para que el poeta discutido -y excepcional en fin de cuentas-
esté también presente. Y en este complejo proceso de
colaboración, intervienen además los grandes pintores Derain,
Juan Gris, Utrillo, Laurencin, Picasso y Juan Miró. En algún
momento Guillaume Apollinaire, en funciones de crítico, es el
apasionado defensor de la audacia sorprendente que priva en las
nuevas concepciones coreográficas. ¿Cómo se hace posible esta
coincidencia estelar en una nota única de delicadeza, fuerza y
buen gusto? ¿Tendría el ballet un poder fascinador
irresistible para realizar el milagro de fundir en una sola obra
a los mejores y más disímiles artistas de la época? Es
posible, mas no debemos olvidar que una malla espiritual sostenía
juntas y personales a la vez las células que daban vida eterna
y nuevo nacer a la más hermosa de las artes de nuestro tiempo.
Esa red sutil, viva y nutricia es Diaghilev, la feérica mano
oculta que supo mover durante años, sin equivocarse una sola
vez, el conjunto incomparable de sus colaboradores y danzarines.
No era profesional en ninguna de las artes en particular y sabía
de todas lo bastante para trastornarlas o salvarlas, para atraer
sobre ellas la atención cansada de los públicos del mundo. No
hay duda ya de que no se trataba de un empresario afortunado,
sino de un prodigioso zahorí de temperamentos con todas sus
características. Su certera intuición le detenía frente a
cualquiera que llevara dentro de sí una oculta mina de
facultades expresivas. ¿Cómo se daba cuenta del valor que un
ser determinado habría de aportar al mundo en el futuro? He ahí
el secreto y he ahí por qué Diaghilev es original y diferente,
una personalidad inconfundible. (¡Nada menos que adivinos de
vocaciones hacen falta en el mundo!) Sin el mapa astrológico,
sin el gabinete alquimista, ni el sello salomónico veía
Diaghilev a través de un artista de temperamento y tenía el
don de comunicar a éste un entusiasmo juvenil que andando el
tiempo habría de mantenerse palpitante y vivo como en los
inicios de la carrera. Tenía, pues, en sí, la fuente de la
juventud y el milagroso don de dar a los otros a beber de sus
aguas. Zahorí de inteligencia, adivino de vocaciones, animador
de voluntades, es él quien consagra lo mejor de su vida y de su
tiempo al último vástago del romanticismo: Nijinsky. Como si
se tratase de una flor de invernadero -y lo era ciertamente el
danzarín apolíneo- Diaghilev envuelve a Nijinsky en los más
tiernos cuidados, con la solícita atención de un jardinero. El
arte de esta extraña criatura nace de la ausencia absoluta de
contacto con la vida. Arte puro, arte de cristal labrado, que un
soplo puede quebrar. Waslaw Nijinsky salta el muro de la ilusión,
y el fuerte contacto con la realidad deshace su personalidad de
artista. Este fue su caso al romper toda colaboración con
Diaghilev. Con su ausencia de los ballets rusos queda el ballet
romántico huérfano de una de sus más bellas figuras, acabando
así el siglo vaporoso y frágil inaugurado por Taglioni.
Diaghilev se da entonces por entero a iniciar otro período de
su fervor por la danza -un nuevo ciclo humano-, intentando por
medio de la nueva plástica y la música moderna una nueva
concepción de la danza expresadora de las pasiones, de la alegría
y del dolor telúricos. En esta nueva concepción la
originalidad estriba en lo que tiene de retorno a los puros
valores clásicos, para lo cual el infatigable y vital estudioso
que era Diaghilev no se encerró en las bibliotecas, ni se
entregó a estudiar las estampas antiguas, sino que fue
reencontrando en las propias danzas los valores del ballet clásico,
analizando pasos y gestos, y aprovechándolos con genio sagacísimo
para dar las más originales creaciones.
En 1922, aquel joven que danzaba entre los trigos de Ucrania,
que vivió las horas inquietísimas de la revolución
materialista y que vistió por fin el uniforme de militar,
decide escaparse a la Europa Occidental. No tiene nada de raro.
Lifar no huía exactamente de su país, se escapaba de sí
mismo, como hacen los artistas y bien podemos asegurar que no huía.
Iba sencillamente al encuentro de su destino. Si le advierten a
tiempo sus intenciones desertoras tal vez le habrían fusilado,
pero eso no podía darse con Lifar: se trataba de un artista y
un artista es un destino.
Privado de Nijinsky, Diaghilev se ve en 1923 frente a Sergio
Lifar que había llegado a París pobre, con su juventud
ingenua, disputado a la vez por la gravitación de la tierra y
por ese centro de gravedad que yo digo que hay en el cielo, es
decir con todo el prodigio de su arquitectura aérea, su estilo
personal y su vocación de gloria. Esta amistad es decisiva para
el joven artista. El brujo Diaghilev crea toda una atmósfera
alrededor de su talento. Estudia la danza con los mejores
maestros; recibiendo lecciones del célebre Cechetti y de Nicolás
Legat. Discípulo y artista a la vez, su personalidad se define
inmediatamente con rasgos vigorosos, sin blanduras ni falsas
elegancias. "Tenía -dice su cuidadosa biógrafa Sazonova-
algo de pequeño fauno extraviado e inocente a quien se trata de
amaestrar y guarda, sin embargo, una mirada feroz y un paso
silvestre. Cuando saltaba semejaba quedar suspendido en el aire,
como si no tuviese peso alguno que vencer y como si volando
encontrase su elemento natural".
En 1924, debuta Lifar con Cimarosiana. En 1925 hace Céfiro
y Flora. En 1925 aparece en Los marineros. En 1926 es
seleccionado como compañero de la gloriosa Spessivtseva en El
lago de los cisnes, ballet romántico este último, mas de
calidad delicadísima. Por otra parte Lifar, al contrarío de lo
que se acostumbraba hacer, da a El lago de los cisnes una
interpretación humana. A pesar de hallarse preso de la visión
de un ser irreal, se comporta en su rol de príncipe con una
admirable virilidad sin contagiarse del fantasma inmaterial de
la princesa. Seguir citando estrenos y reestrenos será hacer no
sólo historia sino una lista interminable que no es objeto de
estas páginas. De 1927 a 1928, Lifar, siempre bajo la guía de
Diaghilev, se empeña en afinar su instrumento físico. Ya
curado de las escuelas podía entregarse sin temor a las
disciplinas depauperadoras, al ascetismo consciente que le lleva
a empeñarse en los papeles que parecen convenirle menos, sometiéndose
a verdaderas pruebas, aún a las que contradecían la libertad
de su temperamento. Por esta época (1927) interpreta El hijo
pródigo; poco después muere Diaghilev, quedando así
privado del maestro excepcional antes de haber adquirido el
renombre que logró Nijinsky.
En 1929 entra nuestro danzarín en la Gran Pera. Su seguro
estilo, su cuerpo no deformado por el entrenamiento profesional;
su antiapolismo revelado por una musculatura no en función de líneas
reposadas sino de rítmico movimiento le aseguraban un porvenir
excelente sin ir más allá de lo que ya había revelado. Pero
Lifar, inconforme siempre, se entrega a las más profundas
innovaciones. Con un agudo sentido de lo dionisíaco, da entrada
a la pasión en la danza, gracias a su rostro de mil máscaras
capaces de manifestar los más disímiles estados emocionales.
Aspirando a una coreografía que sea el cuerpo transparente de
la pasión, Sergio Lifar restaura la tragedia coreográfica
griega. Pantomima y danza se funden en una sola pieza. Nadie que
halla visto Dafnis y Cloe o el Alejandro Magno
podrá olvidar al danzarín ruso, con toda la jocundia silvestre
del pastor en la primera de las obras, con toda la fuerza del
conquistador de mundos en la segunda. Nadie podría olvidar, ni
ningún artista de la palabra, del canto o del cinema ha
expresado como él en limpio alfabeto plástico la agonía de
Alejandro.
Las dos obras citadas, son con Las criaturas de Prometeo
y el Cantar de los cantares lo más terrestre y humano de
las interpretaciones de Lífar. En el propio Icaro,
creación inolvidable también, más que el hombre que se libera
de la gravedad nos da la tragedia del ansia del cielo paralizada
por el llamado de la tierra. En Lifar, ya la agonía no será
una dulce resignación como en La muerte del cisne de la
Pavlova, sino un grito de la vida que se apega a la vida.
Salvado así por su temperamento y por la fuerza de lo telúrico,
puede hacer de vez en cuando incursiones por la danza romántica,
como cuando reestrena El espectro de la rosa, aquella
obra en que triunfara rotundamente Nijinsky. Siempre incansable
innovador, conmueve el género de ballet en su propia
estructura, creando lo que llamaríamos una cuarta dimensión de
la danza rompiendo con el principio de los dos planos,
realizando las evoluciones complicadas del paso de dos sobre un
fondo en que se mueve todo un cuerpo del ballet. Esto no atañe
ya solamente al espacio sino al tiempo. Debí decir al inicio
que si la danza es un arte que pertenece al espacio, no es menos
cierto que pertenece al tiempo. Se verifica según Elie Faure
"en la duración". Lifar va redescubriendo estos
secretos entregando al danzarín al dominio pleno en escenas de
los grandes espacios.
El niño que vio con angustia mariposas clavadas, vio con no
menos inquietud a las mariposas clavadas del ballet romántico,
la cifra negativa coreográfica se convirtió en cifra de signo
positivo, en cifra humana desnuda, sin disimulo de velos, ni fútiles
arabescos aéreos. Por distinto camino llegó a lo que buscaba
la Duncan, cuyo ejemplo no debemos olvidar aquí. Las artes son
después de todo un símbolo de la inquietud universal.
Conquistando el espacio y reintegrando al bailarín a su condición
humana, recorrido de vibrantes pasiones, Lifar está adelantando
para la humanidad un tiempo que yo os anuncio aquí. Amigo como
soy de las violentas antítesis, espero el advenimiento no de un
reparto de tierra sino de un reparto de cielos. Ese día, cada
hombre dentro de su porción viva de atmósfera podrá, hermoso
de justicia, alzar la cabeza digna y encararse con las
estrellas.
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